Comenzar a Re Establecerse.

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Hortense da teta a Paul, Paul Cezanne 1872

 

A diez y ocho meses del parto, al año y medio de vida de mi hijo puedo decir que el tiempo pasa tan rápido como lento a la vez.Han pasado ocho meses desde la última vez que escribí, estos ocho meses han sido emocionantes por decir algo que una madre puede entender, a los catorce meses suspendí la lactancia por iniciativa propia, aunque la presión social se hacia cada vez mas presente, y dos meses previo a ese acontecimiento importante tipo hito en una madre primeriza, ingresamos a una guardería (sala cuna) a nuestro/mi hijo.

Sobre ambas decisiones es que quiero referirme en las próximas dos entradas, partiré por el término del amamantamiento.

La lactancia si bien pasado el inicio que fue terrible: mastitis, dolor, incomodidad, pezones rotos, insomnio incesante, chorreos de leche, chorreos de leche y chorreos de leche, puedo relatar que pasado los dos meses de esa adaptación de la cuerpa comencé a sentirme bien, feliz, como si amamantar a mi hijo fuera algo (como se plantea y en el mejor de los casos) natural, dar pechuga como decimos en estas latitudes se convirtió en una conexión espacio tiempo sempiterno, indisoluble, particular y realmente lindo, hoy veo madres amamantando y recuerdo con nostalgia esa sensación de amor y proximidad intima que se tiene con los y las hijas, ese hacer el amor como nunca antes se podría haber planteado sin ser tabú, sin embargo, para mi ese tiempo fue justo y necesario, hoy no tengo culpas ni sentimientos encontrados del tipo  “debí darle más tiempo” o “quizás fue muy abrupto” y si que lo fue.

Estábamos en un almuerzo familiar junto a mi hermano y su hijo cuatro meses menor que el mío y de la nada mi hijo tomo la mamadera de mi sobrino y tomo su leche de formula, a lo que yo al mirarlo le dije: “hijo mío, firmaste el fin de la lactancia” lo tomé en brazos y le di la última pechuga en el entorno familiar, le dije que sería la última y que me lo hiciera fácil. No hay formulas ni recetas para hacer lo que hice, todas mis amigas lo hicieron diferente y tengo algunas que aun amamantan a sus hijos e hijas (cuando escribo “aun”, me refiero a hijos e hijas que siguen tomando la teta sobre los dos años) no hago juicios de valor al respecto porque realmente pienso y defiendo que cada madre sabe hasta donde quiere llegar con la lactancia. La primera noche, porque mi hijo tenia libre demanda día y noche, lloró un poco, pero nada que el chupete y un poco de agua no pudieran calmar, y en la mañana le di leche de formula y se la tomó feliz, siendo justa con los y las lectoras tengo que recordar (Ese es el problema de escribir cuando han pasado varios meses) que sentí algo parecido a la culpa con esa primera mamadera, algo así como: “¿Si aun tengo mucha leche, por qué no seguir dándole algo que le hace tan bien?” luego recordé que me moría de ganas de fumar un cigarrillo y esa especie de culpa se disipó más rápido de lo que se esfumo el humo de mi primer cigarrillo luego de tan importante obra. Es así como la segunda noche solo despertó una vez y luego ya no despertó más buscando su leche materna y las noches de colecho tomaron otro cariz, los cariños, los mimos y arrumacos cambiaron de forma, aparecieron y se acrecentaron, nos comenzamos a comunicar más verbalmente y a mirarnos más, en un nuevo lenguaje, otra comunicación, por lo demás yo empecé a dormir mejor, a estar más descansada y por lo tanto más feliz, con mejor disposición a las personas a mirar más mi entorno, a mi pareja, a escuchar a mis amigos y amigas, mis lecturas volvieron a ser muy provechosas, volví a concentrarme, dejé de dormirme a las ocho de la noche junto a mi hijo y comencé a dormir tres o cuatro horas después que él y a aprovechar esas horitas de “libertad” que me otorgó la caducidad auto impuesta de aquella época llamada lactancia. Vi que mi hijo estaba bien con mi decisión, tranquilo, feliz y yo cada día que pasaba sentía que haber dado teta era hermoso y que había sido respetuosa conmigo, que había escuchado a mi cuerpa, a mis necesidades de mujer, pareja, madre, estudiante y todo eso me hacia sentir tranquila.

Si, como no todo es color de rosa, no se si por cambios hormonales o porque esto afecta psíquicamente, sentí un pequeño duelo o anduve melancólica, triste, pensativa e irritable las dos semanas que le siguieron al cese de la lactancia, mas no pasó a mayores considerando que ahora el descanso era una realidad, la vigilia nunca me resulto “normal” ni logré adecuarme en ningún caso, siempre fue y será un padecimiento en mi.

Es inevitable frente a toda esta situación no preguntarse por el cuerpo, la cuerpa, les cuerpes, los espacios, los terrenos, los territorios y con eso de hacerse pasar por lo que una no es, o cuestionarse si lo que se es, es momentáneo, es determinante o se convierte en un deber ser, en como tu cuerpo perfomea a otro cuerpo, lo organiza, lo huellea*; es difícil no naturalizar los estados, no es fácil hacerse estas preguntas que si bien pueden transformarse en un leitmotiv en tu vida, no está exenta de escollos pronunciados que generan más que un gran tropiezo, sin embargo, es en esas preguntas que comienza ese re establecimiento de ese suelo perdido que puede significar para muchas la maternidad.

*Palabra que inventé para hacer verbo Huella

Los perros/as y las/as humanas/os

Condición humana y condición animal

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Reflexiones dedicadas a todos y todas las perritas guachas que andan en la calle.

 Laika, Lassie, Snoopy,  el recientemente fallecido perro raperro Spike, Argos, Dino, ah no, ese no es un perro, es un dinosaurio con trastorno de personalidad, Milo, Ulk (El perro embalsamado de Alessandri), Hachiko, mi Lulita, mi Nerón y tantos y tantas otras perritas en la historia y las memorias de las personas.

 En mi vida por ahora hay perros, pronto habrán gatos y otros animales que pueda tener en mi arca estacionaria, sin mares, pero no alejada de marejadas intensas, no obstante, este pequeño homenaje a ellos y ellas se hace extensivo a todo el maravilloso reino animal.

 Cuenta Bernardo Subercaseaux que “Sigmund Freud, que algo sabía del intrincado mundo de los seres humanos, el Freud que en una entrevista de 1926 dijo: ¿Qué objeción puede haber en contra los animales?. Y luego, pensando en su perro señaló: Yo prefiero la compañía de los animales que la compañía humana, las emociones del perro, nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez esa sea la razón por la que inconscientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor”  o Nerón, el pirómano héroe extravagante que asesinó a su propia madre (según Wikipedia) Espero que mi propio perro héroe no haga eso conmigo.

 Es de mi interés rendir estos honores escritos a mis perros y a los de otras personas, porque la llegada de un hijo o una hija humano/a posterior a la adopción de una mascota es un apartado importante en la re adaptación de la dinámica familiar, por ejemplo: yo era madre soltera del Nerón Popini, luego llegó Andrés a muestras vidas,  nos emparejamos y adoptó a regañadientes a Nerón, ahí hubo un cambio sustancial en nuestra planificación familiar, ya que, por su parte Andrés vivía solo en un departamento y de pronto tenía compañera e hijo perro, para sumar complejidades, porque de eso se trata la vida. Ya viviendo juntos adoptamos a la Luli, perrita que había sufrido maltrato y abandono, eso ya fue más complicado porque la adaptación de dos perros puede durar meses, en el caso de ellos, solo dos. Ya en el concubinato y el idilio de esta familia hétero normativa e inter especie, decidimos co-crear a nuestro hijo, nunca imaginé que esa adaptación sería la más compleja de todas, absurdo de mi parte, ya que estábamos hablando de otra persona con todo de lo que esta investida una persona.

Es por eso que este somero escrito visibiliza cómo este tipo de familias jóvenes incipientes inter especies intentan adaptarse a los cambios de traer a un hijo humano al mundo y no dejar de abogar y amar con la misma intensidad a estos nobles compañeros/as.

 Cuando viene un hijo o una hija el mayor temor que puede tener un abuelo o una abuela es que el nieto o nieta se enfermen debido a alguna infección traspasada por el perro en cuestión, recuerdo comentarios de mi mamá del tipo: “después te vas a arrepentir” o de mi suegro: ”ahora los perros van a tener que dormir afuera, en el patio”. Mis respuestas variaban dependiendo de cuan hormonal estaba, pero por lo general gritaba: “NO!!”, Pensaba en que yo quería hacer las cosas diferente a lo que había escuchado, no quería dejar de dormir con mis perros, o dejar de quererlos, o que sin más no me importaran tanto, o dejarlos en el patio, o que nunca más se subiesen a la cama y todas esas cosas que implicaran regaloneo hacia ellos. Hoy creo que definitivamente hubiera sido más fácil dejarlos en el patio, pero soy una mujer de corazón frágil y ellos son demasiado parte de mi. La adaptación fue muy difícil, lloré mucho, mis perros desaparecieron el día que llegué con mi hijo Valentín de vuelta de la clínica (desaparecieron adentro de la casa), luego la Luli se apoderó del lugar de la cama de Nerón y no lo dejaba entrar a mi pieza, era como si Nerón hubiera perdido un trono. Que la Luli lo dejara subir a la cama tomó más de un mes, que aprendieran a no ladrar adentro de la pieza es aun proceso de aprendizaje, mi hijo aprendió a dormir con el sobre salto de un ladrido a la misma hora todos los días (a la hora que mi vecina saca a sus perros y los míos reaccionan) Luego muy de a poco comenzaron ambos a acercarse, a oler a Valentín Dionisio, a ser medios guardianes y hasta colechar conmigo y Valentín (siempre bajo mi estricta supervisión).

En mi imaginario cavernario tenia la idealización de la mezcla icónica del niño feral con el niño urbano, una imagen digna de  Edgar Rice Burroughsen, Rómulo y Remo o de Genoveva de Brabante, o de su hijo. Me imaginaba a Valentín sacándole un trozo de zanahoria a la Luli del hocico para llevársela a su boca o durmiendo en cucharita con ambos perros, sin embargo de a poco esa imagen se ha ido diluyendo y solo me interesa que convivamos tranquilos, ya no se si eso va a ocurrir, puede que si o que no, el tiempo dirá.

Todo este nuevo panorama de interacciones entre los perros y mi hijo me fue mostrando que no estaba tan equivocada, que con mucha paciencia, mucha mucha, amor, tiempo y dedicación la adaptación niños-perros puede lograrse con resultados positivos en cortos espacios temporales.

 “A partir de investigaciones sobre las bases neurofisiológicas del aprendizaje motor, los neordarwinistas afirman, complementando a Darwin, que el aprendizaje y cualquier comportamiento nuevo, como los que se dan por ejemplo en los perros domesticados, están siempre inscritos-por innovadores que sean-en un repertorio de conductas innatas, en pautas de comportamiento preexistente. Aprender, explica Julieta Troncoso, significa modificar los circuitos neuronales implicados en un comportamiento determinado. Pero esos circuitos existen previamente a la experiencia del aprendizaje. Eso explicaría que en un perro domesticado que aprendió a ser cariñoso y a jugar con los niños, se produzca de pronto una reversa, y reaparezca en él un instinto agresivo: es lo atávico que subyace en la memoria de la especie” (Subercaseaux, 2014, P.136) No tengo intenciones de hacerle mucho caso a los neodarwinistas, pero me gusta pensar que según ellos, incluso ellos, un perro es cariñoso con un niño porque en sus circuitos neuronales existe previamente la experiencia del cariño, para mi eso es lo mamífero, lo calientito, lo rupestre que nos conecta con otras especies, el compartir la experiencia del nido, el amamantamiento, el recordar, algo que los perros saben hacer bien (imagino que los gatos bien saben de esto también). Y en cuanto a los agresivo como ancestral, considero que eso nos atañe más a nosotros y nosotras en tanto humanas/os. Aun luego de ocho meses no he visto ningún comportamiento agresivo de los perros con Valentín, muy por el contrario, le mueven la cosa con ahínco y frenesí, lo lengüetean y lo buscan para jugar.

 El amor que yo siento especialmente por mi perro Nerón Popini es muy profundo, a mi perrita Luli Love la amo, la cuido y la mimo mucho, pero no es lo mismo, Nerón caló hondo en mi corazón desde el primer momento en que lo vi en mis pies en un bar mientras degustaba un histórico brebaje de las vides destiladas y la famosa bebida imperial en una tibia noche de verano. Nerón ocupa un lugar fundamental en mi vida, en mis quehaceres y mis pensamientos out door, en la traducción literal.

 Mis perros son mi familia, y sus pelos son como sus arrebatos, malas conductas y/o malas caras, algo que no me gusta, pero tengo que lidiar con eso, porque son parte de ellos.

 Cuando estaba preñeque entre que pensaba y mi mamá me decía majaderamente qué iba a pasar cuando llegara mi hijo a este cronotopos con el ítem perros, con el tiempo de los perros, con los paseos de los perros, con los juegos y los pelos, los famosos pelos, no sabía muy bien como íbamos a  salir airosos de eso, ya que los perros tenían un montón de rutinas que pensé que no podían cambiar, sin embargo, cambiaron, pero no tengo dudas en que estamos todos cómodos con esos cambios. Algunos los implementé yo y algunos incluso ellos, como la decisión de la Luli de dormir en el living sola hasta bien entrada la madrugada que es recién cuando busca asilo.

 Mientras estuve embarazada las caminatas con los perros eran muy agradables como siempre, relajantes para ellos y para mi, divertidas y amigables, bañarlos, llevarlos a la veterinaria, darles la comida, la zanahoria que comen todos los días (mis perros son adictos a la zanahoria) tirarles la pelotita, cortarles el pelo, dormir en cucharita e infinitos cariños eran parte de la rutina diaria, hasta el día de mi parto estuve haciendo trabajo de preparto en mi casa acostada con mi pareja y con Nerón calentándome los pies y la Luli apoyada en mi guata hiper móvil. Hoy los perros son parte de la cotidianidad de mi hijo, Nerón y Luli lo confortan, en la mañana Luli nos siente despertar y se sube a la cama y las carcajadas de mi hijo se escuchan en toda la casa, luego llega Nerón que es mas remolón, y a pesar que duerme al lado mío en el suelo en su propia camita, se demora más en hacerse presente, pero sube y Valentín trata de tomarlo y jugar con el, pero vamos despacio y Nerón es un poco mal genio, con la Luli no hay conflictos, la toca, le entierra los deditos en el pelaje, le tira la oreja y la Luli lo mira como enamorada. Cuando tengo que salir y mi mamá se queda con Valentín me cuenta que al despertar de la siesta ver a los perros lo sitúa en la casa y lo tranquiliza y no llora.

 Como nos comenta Bernardo Subercaseaux en su maravillo libro “El mundo de los perros y la literatura”, a principios del siglo XX “Jack London defendió la idea de que los animales no son solo autómatas que actúan por mecanismos reflejos, sino que también hay en ellos emociones, memoria y un razonamiento rudimentario ante situaciones concretas, la visión de que el ser humano es el único animal capaz de razonar es anticuada, homocéntrica e ignora los hechos de la evolución”. Yo no tengo dudas de la nobleza y complejidades afectivas de mis compañeros perros, veo en ellos una tremenda capacidad de amar, de entrega, de consuelo y empatía. Mas allá de que mi hijo seguro que tendrá muy buenas defensas del organismo dado que los perros le pasan la lengua y juegan con él (luego de comer heces de algún gato que pasó por el patio), no tengo dudas de que haber nacido con perros lo harán una mejor persona, amorosa y consiente de su entorno y de las otras especies de la flora y la fauna con las que convive en este mundo. Nunca dudé que se amarían y se amarán mucho. Mi amado hijo humano y mis amados hijos perros coexisten y cohabitan en el mundo y en mi corazón.

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Como documento adjunto dejo una carta que escribí sobre mis perros poco antes que naciera mi hijo.

 En un momento de la vida me vi en una tremenda y terrible encrucijada, estaba recién separada de mi pareja de ese entonces y tenía que dejar el departamento que compartíamos, estaba sin trabajo, sin ahorros y con mi amigo compañero y amor perro a cuestas. Pensé en la desesperación en buscarle un hogar donde lo amaran como yo, donde fuera prioridad, durmiera en la camita, le soportaran los ladridos agudos y constantes de perrito ansioso que había sufrido varios abandonos previos (es un perrito rescatado de la calle que había tenido además varias familias que lo dejaban), donde le dieran las zanahorias peladas como le gustan, le compraran huesos de cartílago, y le dieran a veces esa comidita húmeda mezclada con sus pellet y que a fin de mes le llegara una pechuga de pollo si es que había estado bueno el fin de mes, dónde podría él haber encontrado eso, en muchos lugares quizás, pero no era yo la que podría brindárselo.
 Mis amigas y amigos me decían que era una buena decisión “deshacerme” de mi perro en ese difícil momento de mi vida, mi mamá no solo me apoyaba, me lo pedía. En el proceso de encontrarle un hogar empecé a sentirme muy mal, con mucha angustia, me di cuenta que si tenía que terminar debajo del puente con mi compañero perro, con mi Nerón, pues así tenía que ser, fueron pasando las semanas y algunos amigos y amigas (Pablo, Agni, Max) me ayudaron con tenerlo en sus casas, quererlo, cuidarlo y soportarlo hasta que encontré una casa donde no había problemas para arrendar con mi compañero perro hijo.
 Dos años después de todo eso, estaba mirando la vida de mis contactos de Facebook, donde además estoy metida en varias paginas de protección a animales y me encuentro con la historia de Luli; Luli tenia dos años, había pasado su primer año de vida aguachada en una construcción, ahí había pasado frío todo un invierno y había tenido a sus crías (Nadie sabe que paso con esos cachorros) hasta que la recogió una muchacha joven que vio en sus ojos lo que yo vi después, ella (no me acuerdo de su nombre en este momento) la esterilizó y trató de quedársela, pero vivía con su mamá en un edificio que no aceptaban mascotas y estaban con demoras en la obtención de su subsidio habitacional, en fin, no podía tener a la Luli, la entregó a dos familias antes que a mi, pero la devolvieron porque ladraba mucho (los perros y las perras ladran y ladran más cuando no les dan atención, es su manera de comunicarse) La publicación decía que ya no tenia opción y que debía volver a la calle; ella, la mezticita pequeña que ya había pasado por una construcción, por un invierno en la calle, por ver desaparecer a sus cachorros, por pasar por lo que pasó, que tristeza.
 Yo ya sabia de mis dos meses de embarazo, por eso hablé con la muchacha que la tenía y le pedí que la trajera a mi casa, que yo podría ser hogar temporal de ella. Han pasado 6 meses desde que la Luli llego a mi vida, a la vida de Nerón, a la vida de mi hijo en gestación y no menor además todos llegamos a la vida de mi pareja y estamos felices los cinco. En este proceso en que todos y todas nos adoptamos, hemos descubierto el poder sanador del alma y la entrega absoluta del amor canino. Luli y Nerón han sido de las mejores decisiones que he tomado en la vida, estoy ansiosa de que Valentín y ustedes se conozcan, estoy segura que se amaran mucho.

 

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Porteo: cangurismo desde el inicio de los tiempos hasta hoy.

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Nigeria 1935

No tengo claro cuando conocí el porteo, no fue algo que me sorprendiera o quizás fue algo que me hizo tanto sentido que lo integré de inmediato. Me acuerdo que una vez fui al supermercado, yo estaba comprando algún trago y me encontré con mi amigo Diego que estaba porteando a su hija Jacinta, ella era muy pequeñita, tenía como un mes y se veía muy segura y muy tranquila en ese espacio, en ese lugar de resguardo que es el cuerpo protector de padres, madres y/o cuidadores/as. Años más adelante y con la llegada del “baby boom” entre mis pares, mi Facebook se lleno de fotografías de madres y padres porteando a sus hijos, super bien.

Cuando estaba embarazada fui a una feria Ecomamá* con mi amiga Pancha, ella iba porteando a su hija Sayén Killari, y ese día compré mi fular (Fulares KUMELEN**) un fular verde que no tardé en lavar para que estuviera listo para cuando llegara mi Valentín Dionisio, mi pareja, mi madre y mi familia no entendían mucho de qué se trataba, la verdad es que yo tampoco,  o sea, no tenía un cuento o un discurso armado con respecto al fular, solo me parecía que si lo hacían desde siempre las bolivianas estaba bien.

Carlos González, el pediatra español famoso tiene un atractivo relato referente a las guaguas y su historial de porteo.

“hace 100.000 años, en algún lugar de África. Un grupo de seres humanos se desplaza lentamente por la pradera. Tal vez adoptan una formación casi militar, como lo hacen lo babuinos: Las mujeres y los niños van en el centro; los varones las rodean, algunos armados con palos. Algunas de las mujeres están embarazadas, otras llevan en brazos a sus bebés, la tribu entera reduce su marcha para adaptarla a la de sus miembros más lentos. Se detienen aquí y allá para alcanzar unas frutas, abarcar unas raíces o degustar unas nutritivas hormigas. Con suerte, su inteligencia, su coordinación y su habilidad para lanzar piedras les permitirán cazar algún pequeño animal o disputar la carroña a las hienas.

¿Dónde están los bebés? ¿Los dejaron en su casa, en una cuna, al cuidado de una canguro, mientras iban a trabajar? Seguro que no. No había casas, no había cunas, la tribu se desplazaba unida.

Los monitos recién nacidos se agarran al pelo de su madre con pies y manos, y al pezón con la boca,  y así viajan de árbol en árbol, seguros con sus sólidos cinco puntos de anclaje. Los chimpancés y los gorilas se nos parecen tanto que el recién nacido no es capaz de agarrarse a la madre; ella tiene que sujetarle con un brazo para que no se caiga. Pero solo durante las primeras dos o tres semanas; después es la cría la que se agarra sola. ¿A qué edad, se atrevería usted a llevar a su hijo colgado, sin pañoletas ni mochilas, sin sujetarlo con una mano, y saltando de árbol en árbol? No hay ningún otro animal sobre la faz de la tierra que necesite más de un año simplemente para agarrarse a su madre.

Cuando no existían telas ni cuerdas, ni mucho menos cochecitos, las madres llevaban a sus hijos en brazos todo el día, la mayoría de las veces sujetándolo con el izquierdo mientras el derecho quedaba libre para comer (o al revés, si la madre era zurda). Probablemente mamaban en chupadas cortas y muy frecuentes, como los bosquimanos actuales, y varias veces por hora (la succión tan intensa inhibe la ovulación, y la mayoría de las madres solo tenía un hijo cada tres o cuatro años…, a menos que el bebe muriera antes). En los momentos de descanso, la madre se sentaba con el bebe en su regazo, o se echaba en el suelo con el bebe encima. A medida que iba creciendo, la cría necesitaba menos a su madre y también pesaba más; probablemente la abuela, el padre o los hermanos mayores ayudaban a la madre en el transporte. Es casi seguro que los bebés estaban cada minuto las 24 horas del día en contacto físico con otra persona, casi siempre con su madre, hasta que empezaban a gatear. Y hasta varios años después estaban en contacto físico, si no las 24 horas, si al menos una buena parte del tiempo. Incluso niños de tres o cuatro años, que pueden andar durante un buen rato, tendrían que ir en brazos si la tribu se desplazaba varios kilómetros.

Así pues, durante millones de años la evolución natural ha favorecido a aquellos niños que disfrutan yendo en brazos, pero se enfadan si se les deja solos. Era una cuestión de supervivencia”. (González, 2012, P.68-70)

 Durante todo mi embarazo y puerperio me conecté con lo más mamífero y cavernario, y esto del porteo me parecía un conducto regular a seguir, gestación exógena también le llaman, como mi hijo nació en invierno, fue muy fácil portearlo muchas horas al día porque no nos daba calor y él pesaba lo mismo que en la guata (panza-barriga), así que no era tanta la diferencia, por lo demás me permitía sortear con magnifica eficiencia las artes del retrete y las naturales e involuntarias intervenciones escatológicas del organismo.

Salir a la calle, pasear con mis compañeros perros y tener las manos, los brazos libres me hacia sentir más autónoma dentro de toda esta sensación de pérdida de autonomía que trajo consigo el puerperio, me hacía sentir mejor mamá, una mamá cariñosa, podía sentir el cuerpo, la respiración y los latidos de mi hijo, saber cuando tenia hambre, conocer sus ruiditos de muñeco de madera (las guaguas crujen) estar en contacto. Por otro lado podía cocinar, barrer, lavarme los dientes y peinarme, ir a comprar el pan y caminar, sobre todo caminar, es una deliciosa sensación marsupial.  Hasta hoy (mi hijo tiene 8 meses) porteo a mi hijo y me imagino que lo voy a seguir porteando mucho más, hasta que me aguante la espalda.

El ítem que puede ser divertido, solo porque se recuerda a la distancia, como en todo lo que respecta a la maternidad, son los comentarios de familiares y personas desconocidas; “ese niño se esta ahogando ahí”, “ese niño va mal”, “eso le debe hacer pésimo”, “qué estás haciendo con ese niño” (con tono escandalizado).Así fue entonces como la suegra de mi papá le pegó un charchaso a mi guagua recién nacida porque pensó que estaba porteando a mi perro Nerón, una señora de edad avanzada me pidió que llegara hasta ella para preguntarme: “¿Qué llevas ahí?” a lo que respondí: ”A mi hijo”, a lo que arremetió: “¿Él está bien ahí?” a lo que contesté:” No señora, esta mal…” pobre señora, ella claramente no sabía que era la quincuagésima mujer/hombre que me preguntaba lo mismo, y que agradezca que no fue a ella a la que le respondí: “ No señora mi hijo esta pésimo, murió hace dos meses y lo llevo porque me volví loca y no puedo superarlo”. Incluso personas me preguntaron si mi hijo era real, a esa pregunta no supe que responder, pensé en lo simbólico en lo que significamos, lo imaginario y me fui en tan gran volada que cuando caí en cuenta de que la pregunta era más concreta, esa persona ya se había ido.

 

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El porteo es milenario y se practica en todas las culturas, los niños y niñas (puestos de manera correcta) no se ahogan, ni les hace mal, muy por el contrario, el contacto con la madre o cuidador/ra los hace dormir mucho mejor, evita el reflujo y los cólicos, evita la displasia de caderas, y esta lleno de tutoriales en you tube para aprender a usarlos y la postura adecuada para cada etapa del desarrollo del niño o niña, yo dejé de usar el fular y ya uso hace un mes la mochila de porteo (no se recomienda si la guagua aun no afirma la cabeza sola), es más rápida de poner, la uso yo y mi pareja, a los dos nos gusta mucho, el fular es maravilloso, pero mi compañero humano se enredaba con los nudos. Me hubiera encantado haber sido porteada, que lástima que las practicas de los pueblos originarios hayan estado, estén,  tan subyugadas hace tanto tiempo, esa invisibilización nos mal configura.

* Las ferias Ecomamá se hacen en el cine arte alameda de vez en cuando, hay una página de Facebook, https://www.facebook.com/feriaecomama/?fref=ts , de donde se puede obtener información, es un buen lugar para abastecerse de regalos para amigas/amigos y para una, collares y pulseras de ámbar, mordedores, copita menstrual, toallas higiénicas de género, ropa tejida a mano, poleras de lactancia, contenedores de lactancia de género, fulares, mochilas, clases de porteo, comidas ricas, cremas y aceites naturales, baberos, zapatos ergonómicos.

**Fulares Kumelen, la mujer que los hace y vende no es amiga mía, pero respeto y apoyo su emprendimiento y ya le he comprado varios para regalar, tiene variedad de colores, diseños y géneros, hace entregas en algún Metro y también va a ferias https://www.facebook.com/Fular-Portabeb%C3%A9s-Kumelen-337824459738043/?fref=ts, ella se llama Jacqueline Quintanilla +56 9 93198888

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A PROPÓSITO DEL PORTEO, EXPERIENCIA EN BIODANZA

En mi barrio hay un almacén al que voy casi todos los días, un día de febrero caminando de vuelta de comprar pan vi un letrero, un afiche que decía “Bio-danza con porteo” o algo así (ya no recuerdo bien) en barrio Bellavista, en el afiche aparecía un Facebook, me metí y hablé por primera vez con BIODANZA PRE Y POST NATAL “Gestar y Portear en Ronda”, me puse contenta porque había un cupo para mi y mi cachorro y además quedaba a una cuadra y media de mi casa. Pensé que hace tiempo estaba buscando alguna actividad para hacer con mi hijo, pero más había pensado en yoga o salir a correr con el cochecito (mentira nunca he corrido ni para alcanzar la micro).

Cuando llegó el día de asistir a la Bio-danza  me acorde de la vez que había ido hace años sola a una “sesión” y que al principio no había sido muy cómodo, que me sentía como pollo en corral ajeno, o esa vez que fui a la finalización del taller donde mi amiga aprendió a ser facilitadora de danza terapia y terminé revolcándome por el suelo con gente desconocida, con esos recuerdos y pensamientos iba caminando con mi cachorrito más seria que perro en bote cuando llegué AL LUGAR, esperé unos minutos con algunas mamás y sus hijos e hijas (un grupo de 5 madres y 5 hijos e hijas) en ese momento las observé y sentí que estábamos todas en las mismas, no me encontré con un grupo de eco madres hippies como en el prejuicio había imaginado, mientras subíamos las escaleras estaba expectante, quería ya empezar, como buena bruja había sentido buena onda con todas las mamás que estaban ahí (espero que ellas hayan sentido lo mismo) así que estaba más que dispuesta, esperando que no tuviera/mos que interactuar tanto con otras personas, sin tanto “toqueteo” pero estaba equivocada, la interacción fue mucha y lo agradezco profundamente, ya que en la soledad (auto impuesta o no) que trae consigo el puerperio el tacto con otras personas puede desaparecer y se hace realmente necesario.

Nos presentamos, presentamos a nuestros hijos e hijas e iniciamos con respiraciones, todo esto porteando a nuestros hijos e hijas, caminamos, soltamos el cuerpo y la mente, nos entregamos a ese espacio único e irrepetible en el tiempo donde el cometido primordial era abrirse, entregarse a la experiencia y sentir, conectarse con una misma y con la otra madre de al lado, de al frente y del otro lado, verse reflejada y ser el espejo de esa otra mujer aprendiendo a conocerse en esta nueva faceta y aprendiendo a conocer a esa persona que se eligió traer a este mundo. Al finalizar la serie de ejercicios y movimientos conversamos, hicimos tribu, esa tribu nueva que hacemos las que somos madres, ese espacio lleno de interrupciones con la concentración multidireccionada con la que aprendemos a vivir, hablamos de lo que nos pasó y de lo que nos pasa, fuimos todas respetuosas con la otra, con sus apreciaciones, sentimientos y opiniones, yo me sentí afortunada de ser mujer, de tener esos espacios, de poder tener intimidad con otras mujeres que venia recién conociendo y que fuera natural en ese espacio, de tener un espacio para conectarme con mi hijo sin estar pensado en las banalidades de la cotidianidad. Yo seguí asistiendo a Bio danza con porteo y buscaría ese mismo espacio u otro de las mismas características para hacer que mi hijo desde guagua tenga ese tipo de espacios integrados en su ser.

Gracias Julie por tu experticia y tu buena onda.

Foja cero y Fenómeno Postergeist*

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Acuarela Lus Marina Gainza Jauregui

A esta etapa le he querido llamar “fenómeno postergeist” del latin postergare y del adverbio latino post/después, porque el nivel de postergación y carencia de control tanto propio como del entorno, al que puede llegar la madre es radicalmente paranormal, entendiendo como fenómeno paranormal experiencias que no pueden ser explicables científicamente, como sobrevivir sin dormir, aprender a ir al baño con una guagua porteada en el fular, no comer o sobrevivir comiendo muy poco, superar mastitis con su dolor invalidante y con terciana, cicatrizar los pezones, sortear una soledad y una inseguridad extremas, tener temores nocturnos y una larga lista de etcéteras.

Luego de un parto maravilloso y un acople a la pechuga sacado del libro “Así se hace” llegamos a la casa un frio martes veintiocho de Julio a las trece horas aproximadamente, me esperaban mi madre y mis perros Luli y Nerón, yo estaba nerviosa por la acogida de los perros, pero como todos los nervios a priori, fueron inservibles porque los perros ignoraron a Valentín. Recuerdo no haber sonreído por lo menos en tres semanas (y no estaba triste), en nuestra pieza había un cartelito que decía “Bienvenido Valentín” y unos globos blancos que había puesto mi mamá, me emocionó mucho ese gesto, además tenía una sopita de pollo de madre deliciosa muy reponedora, fue una llegada diferente, obviamente yo no era la misma, por ende,  mi casa tampoco.

Mi casa tiene dos pisos, tengo que reconocer que no bajé al primer piso en dos semanas completas, por lo tanto,  se comprenderá que no salí de mi casa en  quince días y además prohibí las visitas durante el primer mes, salvo un par de excepciones. Las tres primeras semanas en mi casa fueron una pesadilla de proporciones épicas, lloré sin parar, el dolor en los pechos, en los pezones agrietados y con sangre me hacían pensar en el suicidio, no quería amamantar a mi hijo, me dolía mucho, una amiga me aconsejó sacarme leche y darle en mamadera, lo hice, pero sentía que era poca leche y además también el saca leche me lastimaba infinito, complementé con formula (leche falsa) la alimentación de Valentín con mucha culpa, me sentía una pésima mamá, una pésima hija, una pésima compañera, a mi mamá le dije miles de pesadeces porque no hacia las cosas como yo quería, sabía que era un apoyo, pero no sentía que lo fuera, me sentía profundamente confundida, incomoda.  Mi compañero trabajaba todo el día, lo extrañaba, quería estar con el, buscaba su contención y no la encontraba, el llegaba tarde muy cansado y yo con cara de tres metros, con las pechugas chorreando de leche y sangre, botando el loquio (secreción de sangre, moco y tejido placentario) por la vagina, o sea básicamente con pañales, llorando por el dolor de los pechos y cambiando entre diez y doce pañales al día, sin dormir nada, no dejaba a mi madre ayudarme con las cosas de la guagua, solo de la casa y apenas, ella proponia cualquier cosa y yo le decia que no, que mejor se quedara cerca por si la necesitaba.

Me quería morir, no podía creer que todas las mujeres pasaran por eso y que estuviera completamente normalizado, sabía bien que no tenía depresión puerperial, dado que mirar a mi hijo era sentir que me inundaba de amor, lo sentía, lo abrazaba, lo besaba, le decía cosas lindas sobre el futuro y le decía que yo era una mujer con mucha energía y super divertida que ya iba a conocer. Cada día era casi peor que el anterior, porque el tiempo pasaba muy muy muy lento, y el dolor de los pezones no disminuía, cada succión era un horror, yo solo quería estar bien y poder amamantar a mi cachorro, quería estar sola con él y andar sin ropa, pero me bajó un pudor nunca antes visto, no quería que me vieran dándole teta a mi hijo, ni mi madre, ni mi pareja, ni mi hermana, el resto ni que decir, me sentía infinitamente frustrada porque no sentía en la lactancia un acto de amor, sino una tortura, me ponía las lanolinas (ungüento maravilloso sanador de tetitas) las amapolas (plástico que hace que la lanolina no toque la ropa) y contenedores de leche que son  toallas higiénicas en las pechugas, llena de cosas, productos y gadgets que nunca antes vi o usé. Y yo que me sentía (estúpidamente) experta me di cuenta que no sabia nada, estaba en blanco, en shock, sentía que todo lo que me estaba pasando era muy injusto,  perdía la noción del día o la noche, todo se me hacia cuesta arriba, estaba paralizada de susto, tenia la tele prendida veinticuatro horas al día sin volumen y no veía nada, la luz del velador estaba prendida toda la noche para poder mirar la cara de mi hijo todo el tiempo y no tener que encenderla cuando lo mudaba, mi hijo lloraba en la madrugada con las mudas y yo lloraba con él, me desesperaba montones, mi perro mayor se fue de la pieza (dormían ambos conmigo) y yo lloraba porque lo extrañaba, entonces dormía con mi perrita Luli y mi hijo en la cama de dos plazas y mi compañero en la pieza de al lado porque o si no él no dormía nada y tenia que trabajar temprano y estar descansado. En mi estado de locura puerperial reinó la tozudez, mi mamá y mi compañero fueron muy complacientes y pacientes porque yo estaba irritable, sensible, lábil, voluble, me aislé completamente, inconscientemente quería volver al punto cero, donde estaba justo antes de embarazarme y obviamente eso no era posible. Paula, amiga artista y madre de tres niños y niñas en ese momento estaba embarazada de Sebastián y vivíamos muy cerca, a ella le dije que no quería visitas y vino igual (gesto de amistad inolvidable), lloré con ella y me dijo que todo lo que estaba viviendo era normal, me aliviano mucho verla, escucharla, me sentí menos sola, incluso cuando mi mamá me contaba a diario que sus puerperios habían sido mucho más tristes que los míos y que yo era una afortunada sentía desazón en el alma y el relato de mi amiga, mi par otrora piscolera, generó mucha empatía, me alivianó su relato. Hoy miro hacia atrás y siento mucho no haber podido disfrutarlo, me costo mucho adaptarme, me costo asumir que yo era/soy el alimento de alguien más y no solo en sentido espiritual.

Empecé a leer blogs y libros de maternidades y me encontré con que todo lo que me estaba pasando era la respuesta lógica de las mujeres independientes modernas, egoístas (en el mejor sentido de la palabra) buenas para la fiesta, viajeras o mujeres con el síndrome “Olguita marina”**, es por eso, que como lo mencioné en la introducción empática a las maternidades (en plural porque hay miles de formas), el compromiso (a lo que de muchas formas le temía) empieza a gestarse en el embarazo, pero en el embarazo aunque sea malo (de sentirse mal fisicamente) y tengas que dejar de fumar, beber, salir de noche y muchas otras cosas, sigues de alguna manera estando sola, tu en tu cuerpo, aun puedes salir y caminar escuchando música con audífonos por ejemplo, pero cuando tu hijo o hija llega a este mundo, en este plano donde lo que vemos (como la publicidad) es tan importante, y esta ahí ese humano o humana mirándote, refugiándose en tu cuerpo, pidiéndote leche y otras cosas (no muchas más) el ítem compromiso toma otros ribetes, es tan brutal como la realidad, esa realidad a la que personalmente le hice el quite muchos años en una adolescencia extendida, la vida sin bastones emocionales, sin trago, sin soma, LO REAL (como Lo Prado o Lo Vasquez o Lo Valledor) y esa realidad puede venir de la mano con una demencia tipo alud que se lleva mucho de lo que fuiste y no serás más, como fue y esta siendo en mi caso. Recuerdo que del solo hecho de imaginarme sola en mi casa (vivo sola desde los diecisiete años) me llenaba de desesperación, angustia, pavor, le pedía a mi mamá que se quedara a vivir con nosotros y cuando se iba los fines de semana a su casa para estar con su marido y su perro (recuperar su vida normal) yo sufría como niña abandonada, fue ahí que me comenzó a hacer sentido esa frase algo manoseada que dice que para criar a un hijo es necesaria una tribu entera y sin mi madre y mi pareja todo el día en el trabajo, mi tribu estaba compuesta por mi hijo, mis perros y yo, y yo no me atrevía ni siquiera a bajar al primer piso, tenía una mesa en mi pieza con té, un termo con agua caliente, avena y algún lácteo para ponerle a la avena, tenía galletas y agua, mucha agua para poder sobrevivir, miraba a mis perros y les decía cosas como “Nerón tráeme un plátano” pensando que mágicamente ellos podrían empezar a ayudarme con algunas cosas simples, obviamente eso nunca sucedió.

Entre todo este caos, proceso de adaptación, demostraciones contra fóbicas, sentimientos de injusticia, ojeras, y mucho mucho dolor en las pechugas fui a una matrona experta en lactancia, Pamela Rubio, recomendada por mi amiga Angela, a quien ayudo a parir en su casa, con ella conversé, fue muy empática, cariñosa conmigo y Valentín y reafirmó que los problemas con la lactancia en la mayoría de los casos son de orden emocional, que el acople con el hijo y ese temor que sentimos están relacionados con las sombras que aparecen en el proceso, con las auto exigencias, con las expectativas que tenemos de nosotras como madres y que al hacer abandono de esas normas auto impuestas es muy probable que tengamos una lactancia en mejores términos, cómo no creerle, si al estar contenida por ella por casi dos horas, no tuve ningún problema con darle la teta a mi hijo. También y no menor ayuda psicológica y emocional fue hablar con Pía y Alejandra, amigas que tuvieron muchos problemas con su lactancia, para mi esto ya era como de alcohólicos anónimos, ambas amigas me ayudaron mucho con consejos de mamaderas que no hicieran que la guagua perdiera el gusto por la teta, o el uso de pezoneras mientras sanaban los pezones, o lugares donde consultar, todos los datos que me dieron fueron maravillosos y los ocupé todos, pero lo mejor fue que Alejandra, desde Berlín,  me puso en contacto con una amiga de ella, Carolin, quien me contó que para ella fue tan difícil el inicio de la lactancia que le dio formula a su hija los primeros seis meses hasta que se relajo y ya llevaba más de un año dando la teta, ese relato logro calar hondo en mi psique. Incluso hice un grupo de whattsapp “cooperativa de mamá primeriza” donde incorporé a cinco amigas madres primerizas para que nos apoyáramos con consejos útiles, y si que lo fue; buscaba grupos de apoyo, “las ligas de las tetas”, “las leches de las mamis” o cualquier grupo o amiga que me dijera “tranquila, esto va a salir bien” así fui descubriendo que a veces y en el peor de los casos esa tribu puede ser virtual, una lastima, pero peor es nada.

Me demoré tres semanas en comenzar a empoderarme y adueñarme de mi rol de madre,al cabo de esas tres semanas de inoportuna irritabilidad extrema y de varias discusiones con mi mamá (provocadas por mi obviamente) terminé pidiéndole que se fuera, en muy buenos términos, y comencé el mismo día de estar sola en mi casa con los perritos y Valentín a darle la teta sin dolor y a libre demanda.

Ya han pasado varios meses de esas primeras tres semanas de delirio y obviamente siguen habiendo dificultades día a día (como la tendinitis de la muñeca izquierda que duro 5 meses), aprendizajes por montón, y he podido ir comprobando que todos, realmente todos los consejos y datos que me han dado con respecto a las etapas de desarrollo de mi hijo han sido bastante acertados, que si bien los primeros tres meses son de una adaptación de supervivencia del uno/una con la otra, donde aprendes cuando llora por qué llora, comienzas a conocer sus horarios, te adaptas a no dormir (yo lloraba por no poder dormir) todo lo que viene es tremendamente gratificante porque ya ellos y ellas comienzan a interactuar más con su entorno y por ende con una, y las carcajaditas, las sonrisas y cada avance y nuevo movimiento hacen que valga la pena todo.

Todo  ese “desorden” de la vida personal, todo ese viaje sin retorno, como todos los viajes te hace mejor persona, una mejor persona más irritable con mucha falta de sueño, donde tus decisiones ya no solo pasan por ti, sino, por él o ella.

*Postergeist: concepto apócrifo, como Poltergeist (la película de terror)

**En el año 1996 se emitió en Chile la teleserie “Sucupira”, más tarde, países como Ecuador, Costa Rica, México y Panamá también televisaron la novela. Transcurría en un pueblo playero de este mismo nombre, que se caracterizaba por cómicos y bizarros personajes. Entre ellos se encontraba don Segundo Fabregas, farmacéutico adorador de su esposa Olga, a la que dulcemente llamaba Olguita Marina. La historia se torna cómica cuando a esta particular mujer le vienen sus “ahogos” –como ella misma los bautiza– y simplemente desaparece para irse al norte del país, mientras su devoto marido sufre por su ausencia, intentando múltiples veces suicidarse, sin llegar a buen puerto.(fuente:bebloggera.com)

“El sujeto no solo podría rechazar la ley, sino también quebrarla, obligarla a una rearticulación que ponga en tela de juicio la fuerza monoteísta de su propia operación unilateral” Judith Butler

 De lo referente al cuerpo como territorio.

Lo biomédico en tanto biopolítico.

La dilatación, expulsivo y alumbramiento.

 Hace alrededor de seis años fui de vacaciones a Santa Bárbara octava región del sur de Chile, ahí conocí un centro que trabaja con las madres campesinas y pehuenches que viven lejos de la ciudad, en este centro se recibe a las madres desde que tienen treinta y seis semanas de gestación hasta que él/la recién nacido/a tiene un mes, en esos dos meses se acompaña a las madres en un establecimiento con dependencias adecuadas donde ella y el o la niña reciben cuidados y estímulos. Este lugar queda a una cuadra del Hospital donde se hacen los partos, en este centro asistencial existen dos salas de parto, la sala tradicional y paradojalmente enfrentada a ésta o justo enfrente está la sala de parto humanizado, una sala de madera, sin camilla, con cama, con un taburete para recibir a la guagua, muy acogedora, como una cabaña en el bosque, cuando vi ese lugar quedé anonadada, nunca me imagine que en Chile existiera un centro de salud con visión multicultural, ahí supe que esto existe desde el año ochenta y siete aproximadamente y que hay muchos lugares en chile que se están adhiriendo a estas iniciativas.

Hasta ese día nunca me había preguntado como quería parir, sin embargo, dejó de hacerme sentido todo lo que conocía; los hospitales, las clínicas, las cesáreas, las sondas, las epidulares, los médicos, las episiotomías, monitoreos y todos los protocolos hospitalarios que tienen relación con la llegada de otro ser humano. Comencé a investigar de a poco y muy informalmente lo referente a la humanización de los partos y conocí personas como a la Marta Ocampo, amiga y matrona fundadora del grupo Maternas, y autores/as como la Michelle Sadler, una antropóloga que hizo su tesis para optar al grado académico de antropóloga social haciendo un análisis socio cultural de los partos en Chile, “así me nacieron a mi hija”. Estas dos personas directa en indirectamente fueron muy importantes en mi autoformación inicial con respecto a los partos respetados, humanizados, naturales, en casa, verticales o como se le quiera llamar a los que se escapa de los protocolos que se conocen popularmente.

Cuando supe que estaba embarazada quede en blanco, no supe a donde ir  ¿A una matrona, un ginecólogo, al consultorio, clínica, hospital, a mi pediatra, una machi? Y con mi pareja fuimos (en el shock inicial) a cualquier ginecólogo de Integramédica, fue nefasto, ni me acuerdo de su cara o de su nombre, pero nunca nos miro, fue la caricatura del médico que te atiende mirando su computador escribiendo quién sabe qué, me puse hostil porque me sentí invisivilizada, una más en la fabrica de salsichas que significa traer a otro ser humano a este mundo, sentimos cero empatía de parte de esta persona que se veía completamente desafectada de su labor (no es para menos por lo demás, pero nosotros buscábamos más) y nos fuimos. Ahí decidí con todos los prejuicios del mundo ir al consultorio de mi comuna, para mi sorpresa me encontré con Yakika quien fue mi matrona durante casi todo mi embarazo, Yakika es una matrona tradicional, sin embargo, una mujer respetuosa y con mucha experiencia, me sentí, nos sentimos, muy cómodos con ella nos dio consejos que nos sirvieron mucho durante el periodo gestacional, fue poco invasiva y muy comprensiva con mi “mal embarazo” nunca me juzgo ni me hizo sentir mal o rara, como si me hicieron sentir muchos otros médicos o personas en mi entorno. A pesar de toda esta maravilla no dejó de sorprenderme la cantidad de exámenes que tuve que hacerme, una tanda de cuatro o cinco exámenes cada dos meses, hemogramas, orinas, VIH y otros que ni recuerdo, me parecía y me parecen un exceso sobre todo ese desagradable exámen que te mide la glicemia, son los conductos regulares del sistema público al que estaba adherida, sin embargo, me preguntaba si es que no habían anomalías en los exámenes iniciales para qué hacerlos tantas veces, pero como quería parir en un Hospital público tenia que someterme a todas las pruebas que necesitaran después quienes me acompañarían en un pabellón; médicos, anestesistas, matronas, enfermeras, el o la que te toma la presión, el o la arsenalera y un sin fin de personas y estudiantes en practica en el peor de los casos que estarán ahí para presenciar mi proceso, mi intimo proceso.

 Ya tenía amigas que venían con el cuento del parto en casa y el parto respetado, yo quería ser más vanguardista que mi entorno burgués acomodado y quería parir bajo el alero del “Chile crece contigo” (Programa que respeto mucho) Sin embargo, al estar cada vez mas gorda, conectándome cada día más con mi hijo en camino, con las fechas encima, con un embarazo lleno de molestias físicas y emocionales que me hacían muy susceptible y vulnerable y luego de ver muchos videos de partos de todo tipo donde a las guaguas al nacer les metían sondas hasta por el ano, decidí tener un parto respetado, pero no en mi casa, en una clínica donde me dejaran estar como en mi casa, pero con el resguardo de la neonatología y del desfibrilador cerca.

Es impresionante como la llegada de un ser humano es algo que nos interpela a todos desde diferentes lugares, cuando conté públicamente que estaba embarazada recibí preguntas y comentarios de todo tipo, incluso una  amiga me dijo: “bien por ti”(en tono displicente),  y así mismo las personas que nos rodean se toman las atribuciones de preguntarte todo con respecto al parto y de juzgar tus opciones, a mi me dijeron cosas como: “oye que valiente querer parir sin anestesia”, “pero que estupidez querer parir en cuatro patas”, “oye que new age tu”, “eres una irresponsable con tu vida y la vida de tu hijo” “seguro que en el parto vas a querer anestesia igual”(claramente desconociendo que el noventa por ciento de la población mundial nace por partos naturales y desde el tiempo de las cavernas hasta ahora) y la pregunta que más me hacían: “¿y si sale algo mal?” Hay muchas respuestas posibles a todas estas preguntas, pero la verdad es que mi respuesta más habitual para no entrar en detalles era :”voy muy confiada a mi parto, confío mucho en que mi hijo va a saber que hacer, todo va a salir bien” por suerte así fue.

 Las personas preguntan de todo y como si te estuvieran preguntando si te gusta más el pan con queso, jamón o aliado, culturalmente esta aceptado preguntar, hablar de tu vagina como un espacio público, mientras estas embarazada y no, del que se puede opinar, igual que con la lactancia, todos y todas opinan de tus tetas, del cómo, cuándo y dónde amamantar, y del cómo te van a quedar luego de lactar, y hasta cuando deberías darle a tu hijo para que no se transforme en un “edipito” (cómo si eso pudiera evitarse). Para mi era como si me preguntaran abiertamente y en público detalles tan íntimos como si prefería sexo oral antes  durante o después del coito. Todos y todas nacemos en algún momento,  fuimos amamantados o no, usamos pañales, pasamos por lo mismo, muchos y muchas tendremos hijos, son temas comunes, sin embargo el sexo también y no se habla tan abiertamente con una persona que vienes conociendo, con el embarazo es diferente, ya llevas la evidencia de un coito fructífero encima y además personas que pueden ni conocerte como en la micro, el metro o el semáforo, luego de dos preguntas comienzan a preguntarte sobre lo que yo llamo “la intimidad del embarazo” y sin ningún pudor, porque como mencioné anteriormente, esta aceptado, la gente llega y te toca la guata como si fueras buda y dieras la suerte, eres como un icono de la abundancia, como una persona de todos, como una madre de todos, buena, tierna, asexuada, medio virgen, una madre como la propone la biblia, y no es así, todo lo referente al embarazo es un tabú, muchas mujeres que conozco tuvieron malos embarazos, con sombras, miedos y mucha soledad (obviamente también conozco mujeres que tuvieron embarazos apacibles emocionalmente y con mucha actividad física). Cuando sobre todo le cuentas a un hombre que lo estas pasando mal en tu embarazo, por lo general te va a decir que eres rara, intensa, que nunca lo había escuchado, que eres atípica y otros calificativos de la misma índole, eso mismo me paso con mi pareja y varios amigos del sexo opuesto, pero a mi pareja le pedí que le preguntara a sus amigas y  hermana que habían sido madres como habían sido sus embarazos y sorpresa para él, casi todas habían tenido embarazos poco amigables. Es común sentirse mal y lo biomédico no contempla esto, si dices que te sientes mal está pésimo, si dices algo así como “menos mal es uno” la sociedad te castiga, te dicen simplemente: “eso no se dice”  en tono inquisitivo (say what???!!!), es politicamente incorrecto tener un mal embarazo y decirlo en voz alta.

En el sistema tradicional de la medicina se llevan a cabo procedimientos invasivos con la madre, “maniobras”, no se explican los procedimientos, se infantiliza la madre se le trata de “mamita”, “las mamitas”con tono párvulo, se invisibiliza al hombre, a la pareja, al padre de ese o esa niña que se esta gestando, se convierte casi en un donante de espermios, hay todo un sistema que invisibiliza a la madre, al padre e incluso al niño o la niña que crece durante el proceso de gestación, un sistema que mete miedo, que te inseguriza con respecto al parto, que duele, que no se puede, que estás muy gorda, que tienes caderas angostas, que tienes poca leche, que tu leche no alimenta, puras falacias.

“Sabemos que procrear no es el destino biológico de las mujeres, debe ser una decisión soberana, autónoma y libre. También sabemos que todos los seres humanos nacemos de una mujer, así ha sido desde el inicio de la humanidad porque es una acción que solo los cuerpos femeninos revisten como posibilidad. Lo que planteamos, es que si en la actualidad dudamos sobre la capacidad de los cuerpos de las mujeres gestantes para parir sin violencia, es porque existe todo un sistema actuando de forma simultanea desde la lógica de la dominación para que así lo creamos. Para nosotras es vital reposicionar el rol protagónico de las mujeres en este momento, recuperar la sabiduría ancestral de nuestros cuerpos, liberar el conocimiento eclipsado por la amnesia patriarcal que controla nuestros ritmos vitales y se apropia del inicio de una vida” (Nacer en libertad, Memorias de Parto, 2015, p. 21)

 Así fue que en el proceso que tomar protagonismo en mi parto, en nuestro parto y  luego de varios meses que tuvimos para madurar nuestras elecciones con respecto cómo nacer y de re conocernos más en nuestro interior y nuestras formas de enfrentarnos, enfrentarme, a lo biomédico me junté con mi amiga Pancha y le pedí los datos de su parto, así fue como llegue donde Martita (Marta Mujica), una matrona joven quien hoy ocupa un lugar muy especial en mi memoria, ella nos orientó en todo, fue una guía maravillosa, nos sugirió que parieramos en la Clínica Madre e hijo, porque ahí ella tenia mas libertad de acción, conocían su trabajo y la dejaban actuar tranquila, entonces ahí fue que hicimos los tramites de cotización y pre ingreso. Para poder parir ahí tenia que acceder a un bono PAD en Fonasa, y para eso tuve que ir donde un prócer de la ginecología pro parto humanizado, el doctor Robles quien se mostro muy molesto con mi evidente incremento de peso, y tuvo la osadía de hacerme el siguiente comentario: “¿sabías que la Pampita solo subió tres kilos en su último embarazo?” me voy a reservar los improperios (que si que los pensé), pero no me parece un comentario apto para una embarazada gorda que quiere parir en cuatro patas, para mi ese tipo de comentarios siguen siendo violentos, inapropiados, nunca le pregunte que opinaba de mi anatomía y mis exámenes arrojaban resultados absolutamente compatibles con un parto natural, una vez saltado ese episodio molesto, hicimos los trámites con Martita, en Fonasa y en la Clínica para dejar todo listo para el gran día, a esas alturas era un día muy esperado, ya que a penas podía caminar, depilación ni pensarlo y abrocharse los zapatos era más imposible que ganarse el Kino sin comprar un cartón.

Sábado veinticinco de Julio del dos mil quince, mi mamá ya llevaba una semana quedándose con nosotros porque yo ya estaba bastante invalida (hay muchos momentos en la vida en la que una persona es bastante invalida físicamente, es absurdo que todo funcione para personas sin discapacidades, cuando un alto porcentaje de la población son niños, ancianos, embarazadas, y personas con problemas motores y/o cognitivos) entonces desayunamos y fuimos todos, mamá, compañero, sobrino (con quien nos encontramos allá), perritos y yo al parque Inés de Suarez a pasear con los canes en el paseo intransable del fin de semana, luego de eso fuimos a almorzar un peruano y yo comí pulpo al olivo, llegamos a la casa y mi mamá se fue a ver a su marido, esa tarde luego de una reponedora ducha de media tarde rompí la fuente, hablamos con la matrona y nos sugirió control en la clínica pasadas veinticuatro horas para poner algún antibiótico (para evitar infecciones en la guagua) así paso la noche en absoluta tranquilidad y la siguiente mañana y tarde escuchando al hippie Carlos Nakai y a Led Zeppelin con el amor y la tranquilidad del compañero humano y los compañeros perros, a las nueve y media de la noche decidimos no avisarle a nadie, dejamos a los cachorros con sus ropitas (porque hacía frío) les pusimos agua y comida y nos despedimos de la casa para ir a la clínica. Llegue con contracciones poco dolorosas que se fueron intensificando mucho, tanto que pensé que podía perder la calma y la perdí, Martita me sugirió recordar los ejercicios de respiración (que me había enseñado Marta Ocampo en su taller de parto) que resultaron óptimos para facilitar la canalización del dolor y la dilatación, la que fue idónea cuando llevábamos una hora en la sala de preparto, en una sala de preparto con luz tenue, donde me podían acompañar en todo momento mi compañero y mi matrona, sin interrupciones, sin malas caras, sin protocolos de limpieza o de toma de exámenes, ni monitoreos invasivos o tactos dolorosos, luego pasamos a la sala de parto, una sala con luz muy baja y con muchas sabanas blancas dispuestas en diferentes lugares, un taburete, el suelo, una camilla, yo elegí el suelo, apoyada en mis rodillas o en cuclillas (en la última posición mi compañero se llevaba buena parte del trabajo afirmandome de las axilas) tomando agua, comiendo chocolate y desfalleciendo entre pujo y pujo, entre contracción y contracción, mi pareja estaba asustado, pero muy tranquilo, la matrona le contaba que estaba todo bien, dentro de lo esperado. Yo dormía y gritaba, pujaba y lloraba, me dolía, estaba nerviosa y al mismo tiempo concentrada, quería hacerlo bien, me sentía en un transe, veia borroso, pero estaba confiando en todo momento que mi hijo estaba haciendo también su trabajo, yo sentía que estaba sola, pero al mismo tiempo con mi madre, mi abuela, mi hermana, mi cuñada, mi suegra muerta y todo ese misticismo que en algún momento te cuentan, yo me conecté con lo femenino y con el dolor en estados bastantes peculiares, pensé mucho en la tortura, me dolía mucho, pero nunca sentí la necesidad de recurrir a la anestesia a diferencia de los dolores de muela que he tenido que, con el mínimo dolor si he rogado por un poco de calmante. Así pasamos un tiempo no cuantificable hasta que ya en un momento sentí mucho cansancio y pedí ayuda para pasarme a una camilla, necesitaba apoyar la espalda, al tenerla apoyada pujé un par de veces más y salió la cabeza de Valentín, en ese momento solo sentí alivio, hasta que con su voz calmada Martita me dice: “Pame, tienes que pujar más, tienen que salir los hombros”, pensé que era una broma, sin embargo, ese siguiente pujo fue menos intenso y ya estaba todo entero afuera mi hermoso pequeño a las dos con nueve minutos de la madrugada del veintisiete de julio del dos mil quince, en mi shock inicial lo vi, lo abrace, me lo puse en el pecho y le dije “hola amor, bienvenido” siempre me imagine llorando en un momento así, pero estaba tan estupefacta por lo vivido que la emoción quedo suspendida, hoy al escribir esto, siete meses después de su nacimiento, se me llenan los ojos de lagrimas de pura emoción. Luego del parto quede lista para una maratón, esa es la sensación, adrenalina y oxitocina al por mayor. Con Valentín y Andrés, mi compañero, hicimos un apego como de una hora, nunca nos separamos de la guagua, nos trasladaron a la habitación sin limpiarlo, porque así lo queríamos, lo limpiamos y lo vestimos nosotros, hicimos colecho desde el primer día, se agarro super bien a la pechuga y el desgarro natural de mi vagina fue suturado por dos puntos, muy pequeño, no hubo intervenciones de ningún tipo a la guagua ni a mi, porque yo estaba bien y Valentín también, no lo necesitaba, nos dejaron descansar tranquilos a los tres.

Al otro día le dije a mi mamá y a mi hermana que había hecho algo muy animal, que “se me había pasado la mano” que nunca volvería a hacer algo como eso, no podía creer por lo que había pasado hoy en la distancia, estoy segura que si mi segundo embarazo está en optimas condiciones, pariré en mi casa, porque durante el parto extrañe mucho a mis perros.

Mi experiencia de un parto respetado es muy poco elitista, parí en una clínica pequeña en el centro de Santiago, una clínica fea y maravillosa donde me sentí más vista y escuchada que en ninguna otra parte relacionada con lo biomédico, parí con un bono de Fonasa (Fondo nacional de salud) y mi parto costo $246.000- (USD 350) recibí un buen trato por parte de enfermeras, médicos de turnos y auxiliares, me dieron de alta ocho horas después de haber parido. Tener un parto diferente saltándose protocolos inservibles en el caso de un embarazo sano es completamente plausible, la violencia obstétrica está a la orden del día, que te griten, te amarren, que hablen por celular en tu pre parto o parto, que este lleno de gente, que no te dejen tomar agua, moverte  o comer, ir al baño, que te hagan tactos sin explicarte nada, que te monitoreen cada cinco minutos, que te asusten, que te obliguen a pujar, que no te den una mano, que te pidan silencio, que no te dejen estar con tu compañero o tu mamá o quien tu quieras en el parto, que te hagan una episiotomía, que no te permitan un apego de más de media hora, es larga la lista, muchas mujeres no saben que sufrieron violencia obstétrica, es importante reconocerlo, es la única manera de cambiar el sistema, hoy existe varias organizaciones trabajando el tema, desde la prevención como la reparación, y también hay matrones, matronas, lideres de opinión y docentes y estudiantes trabajando para que esto no ocurra más, para que sea un ítem importante en la formación de las personas que trabajan con personas, para poder ser empáticos. Es muy fácil dejar un recuerdo amargo en una parturienta, yo recuerdo mi parto con infinita alegría y nostalgia.

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Busqué en Word reference sinónimos de embarazo y me encontré con : gestación, preñez (palabra favorita que use durante mi embarazo y posteridad, decía: “cuando estaba preñeque”) gravidez, impedimento, obstáculo, inconveniente, compromiso, estorbo, molestia, corte, turbación, apocamiento, cortedad, timidez. Se podría pensar que no deberían ser sinónimos del momento mas hermoso que podemos vivir las mujeres, sin embargo, en mi proceso de gestación ninguna de estas palabras me fueron tan ajenas, yo incluso use una palabra aun mas cargada de pesimismo, “desdicha”.

Antes, mucho antes de pensar en tener hijos me reía y a la vez me molestaba cuando en tono serio escuchaba la expresión popular: “¿cuándo o dónde te vas a mejorar?” que hace referencia a que la mujer cuando está embarazada está enferma, y yo repetía siempre en tono majadero que el embarazo era un estado y no una enfermedad. Muy, pero muy a mi pesar mi embarazo fue una enfermedad para mi y para mi entorno, y todos esos sinónimos desafortunados que leí en Word reference se hicieron presentes en mi proceso como una pared de adobe aplastándome en un terremoto en Salamanca. Yo fui una de las mujeres que tuvo que mejorarse de su embarazo.

Subí veinticuatro kilos, me dio pubalgia (afección común entre los deportistas, que no era mi caso, y en algunas embarazadas, donde se presenta un dolor pélvico, en espalda, caderas e ingle, que se acentúa al caminar y subir escaleras que puede incluso inhabilitarte, y yo con mi casa de dos pisos). Me sucedieron (como a Gary Medel) las cosas más inverosímiles y todas juntas, vomité los primeros cuatro meses todos los días y aunque después vomite a veces y esporádicamente, vomité hasta el día del parto, vomitaba entre diez a treinta veces al día, no podía salir de mi casa porque necesitaba estar cerca de un baño siempre, un baño de preferencia impecable y pulcro al que poder abrazar. Si salía a la calle vomitaba en la calle y me sentía peor, indigna (a pesar de que nunca tuve problemas ni con orinar en la vía pública) mi olfato comenzó a desarrollarse de manera tal que pensaba que tenían que estudiarme como caso de la ciencia porque podía saber cuando mis vecinos se ponían hasta el desodorante o que shampoo estaba usando la señora que me vendía el pan, podía oler los parabenos (químico conservante de productos cosméticos), podía oler todo lo que contenía químicos procesados, tuve que dejar de usar pasta de dientes, desodorante, shampoo, bálsamo, aceites, cremas, detergente, jabón, productos de limpieza en general y podía en pleno verano pasar semanas sin bañarme porque no podía soportar el olor del agua, tenia que lavarme por partes y con paños húmedos, y con las comidas no fue diferente, el amado pan tostado se transformó en mi peor enemigo.

Comencé a sentir un desprecio profundo por las personas que usaban productos como los mencionados anteriormente, o sea por todas las personas, ya que por lo general y en el mejor de los casos, la gente se ducha y se pone jabón y una serie de olores que no les son propios, es parte de nuestra cultura de la hiper higiene, incluso de a poco yo he ido integrando ya casi todos esos productos porque ya no los rechazo. En pocas palabras todos los olores me daban asco, de la comida, de la gente, de la calle, es más fácil decir que el olor a cloro y el olor de mis perros eran los únicos olores que podía tolerar, el olor de las personas incluido mi pareja me parecía insoportable, sentía su olor a metros de distancia y vomitaba, fue una etapa inicial bastante terrible, mis amigos, amigas y familiares, especialmente mi mamá y mi pareja fueron muy pacientes, yo lloraba, y me encerraba, tenia hambre, comía y vomitaba, sentia mucha acidez, luego  comencé a engordar engordar engordar, pero no tenía nada de guata de embarazada, me sentía muy fea, muy deforme, se me había empezado a juntar una grasa muy rara en el rollo del sostén en la espalda, sentía profundo rechazo al embarazo, siendo un embarazo esperado y deseado sentía mi famosa desdicha. Todos los días le decía llorando a mi guatita que lo/la estaba esperando, que lo/la amaba, que cuando llegara lo íbamos a pasar super bien, pero la verdad es que solo sentía desazón, y no quería transmitirle eso a mi guagua, pero no podía evitarlo. Comencé a sentirme presa de una situación, en una especie de arresto domiciliario, no quería ver a nadie, no quería que nadie me viera así alegando todo el día, quejándome de todo, llorando. Tuve que renunciar tempranamente a mi trabajo (A los dos meses de gestación) que consistía en atención al público, porque vomitaba cuando sentía los perfumes de las personas que tenía que atender y era un vomito explosivo e incontrolable. Era como estar todo el día y en todo momento con una resaca desproporcionada como las resacas son, le llamaba  a ese estado”la caña de la vida”.

Sentía mucha rabia, mucha tristeza, mucha injusticia con lo que estaba viviendo, ni en mis peores pesadillas hubiera pensado en tener un embarazo así, con insomnio y mucha ansiedad, empecé a dormir con la luz encendida y sentía temores, mucha angustia, fue en esos momentos que llego a mis manos literatura muy importante que me dio luces sobre lo que me estaba pasando, y fue así que pude comprender que lo que me pasaba no era tan raro, que no era yo la intensa, la diferente que le pasaba de todo y comprendí que solo “SOLO”(como si fuera poco) tenía sombras al asecho.

“Este termino, utilizado y difundido por C. G. Jung intenta ser más abarcador que el término “inconsciente”, difundido  por S. Freud. Se refiere a las partes desconocidas de nuestra psique, pero también a las partes desconocidas de nuestro mundo espiritual (…) La sombra personal se desarrolla desde la infancia. Naturalmente nos identificamos con ciertos aspectos como la generosidad y la bondad, y al mismo tiempo despreciamos los opuestos que, en este caso, serían el egoísmo y la maldad. De esta manera nuestra luz y nuestra sombra se van construyendo en forma simultanea” (Gutman, 2007. p. 24)

Así fue como fui descubriendo que a pesar de las terapias tradicionales, los San Pedros (Cactus) las psicomagias y todas las búsquedas alternativas por conocerme más y sanarme durante toda mi vida, estaba mal, llena de sombras, llena de temores, llena de poca aceptación, que era mucho menos mediocre de lo que pensaba y que en realidad era muy autoexigente y necesitaba estar bien y llevar mi embarazo de la mejor manera, tener un embarazo creativo, lindo, feliz, ardiente, lleno de alegría, sentirme linda, activa y sexy, y al no ser así terminé sumida en un mar de desconsuelo y desesperación que duro los nueve meses de embarazo.

Hay situaciones que pueden sonar como una anécdota, pero las relato porque es importante comprender que es común sentir malestares similares a los que yo sentí durante el embarazo, es más, mi matrona del sistema público decía que había escuchado todos esos malestares en diferentes mujeres, pero nunca todos juntos en una misma mujer. Y fue ella misma la que me dio el mejor consejo que recibí durante todo el proceso de gestación :”Pamela, no tomes ninguna decisión en este momento de tu vida, solo vive lo que te esta pasando y dale tiempo al tiempo”.

Querer ir al baño cada media hora, que duela la espalda por no poder dormir de guata, la acidez constante y el asco se transformaron en los síntomas de mis malestares psíquicos, cuando leí en ese Word reference la palabra compromiso  recordé de inmediato estar en mi cuarto mes de embarazo sola con mi mamá en la casa de veraneo despertándome y poniéndome a llorar pensando que estaba viviendo una pesadilla de soledad y auto claustro, le decía llorando a mi mamá cosas horrorosas desde el egoísmo más acérrimo, cosas como: “¿Qué voy a hacer yo con una guagua?”, “¿cómo voy a cuidar yo a una guagua?”, “¿Qué pasa si lo/la veo y lo/la rechazo, si me cae mal?” “ya nunca nada va a ser lo mismo…” y así muchas preguntas que mi madre comprensiva y paciente no se dignó a responderme.

“La idea de compromiso alude a la aceptación de normas que no se pueden reducir a la racionalidad instrumental, es decir, normas que no seguimos para obtener otra cosa sino que acatamos como un fin en si mismas. No tienen que ver siempre, ni siquiera a menudo, con graves decisiones morales. Por ejemplo, aceptamos las normas de etiqueta en la mesa sin preguntarnos para que sirven. Como sostienen los economistas, tanto el altruismo como el egoísmo podrían estar basados en el hedonismo, es decir, en la cantidad de placer que obtenemos al obrar de cierta manera o, dicho mas sencillamente, en que preferimos actuar de cierta manera y no de otra. El compromiso en cambio, no.” (Del Olmo, 2013, p. 84).

 Si bien la palabra compromiso, ese compromiso que trabaja Carolina Del Olmo, en ese entonces resonaba en mi cabeza como un rulo de tambor, hizo que logarara, a propósito de lo mismo ver en mi una mujer mucho más adolescente de la que tenía presupuestada en mi auto imagen, lo que fue fundamental para poder trabajarlo durante el embarazo y que el puerperio y mi hijo recién nacido no aparecieran en una quinceañera atrapada en el cuerpo de una treintona.

Compromiso era una palabra que me quedaba enorme, que me asustaba, me parecía irreversible y como todo lo irreversible como la vida, la muerte y lo real, me angustiaba.

Con estos dos conceptos, sombra y compromiso, que se volvieron con el tiempo mis aliados, con los que pude sortear y terminar con vida mi embarazo y querer hacer de este proceso una experiencia pública para ayudar, hacer reír o aburrir a alguna madre en apuros o alguna pareja que piense que su mujer es la única persona en la tierra que esta teniendo un “mal” embarazo.

El compromiso en una sociedad occidental individualista se esconde rapidamente en frases como “si no me acuerdo, no lo hice”, “no me gusta, lo cambio”,  “teniamos problemas (hace un par de meses) y por eso terminamos”, “me enojé, no hablamos nunca NUNCA más”. Cuando llega una hija o un hijo ninguna de esas frases las puedes utilizar con ellos o ellas, para algunos y algunas será de perogrullo, pero otras como yo al darse cuenta que la ligazon con un hijo o hija genera un lazo perpetuo de amor, pueden por lo bajo inquietarse con este entramado de emociones y sentimientos que trae consigo este cambio de vida, este compromiso ineludible hace que afloren todas las sombras, que saquemos lo peor de nosotras, que rememoremos nuestra infancia, que recordemos todo lo que no nos gusto de nuestros padres, nuestra madre por encima de otras cosas, que pensemos en todas las negligencias, nuestros traumas, los malos ratos, los malos retos y esos momentos que aun no hemos saneado se tranforman  en la angustia y el miedo a lo desconocido y aparecen preguntas tales como ¿Cómo seré como madre? y las respuestas pueden ser escalofriantes, o no. Buen viaje.

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El orden de los factores si altera el producto.

Ser mujer hoy, estar entrada en los treinta años y ser madre por primera vez abrió un mar, un mundo, un cielo, e incluso un universo  de nuevos paradigmas y cuestionamientos en cuanto a mi individualidad, el ego, el propio ego, el pasado, mi familia, el futuro, la pareja, mis amigos y amigas, la casa, la casa propia, la sexualidad, la niñez, la fiesta, el trabajo, los campos de acción, mi alimentación, la ley Emilia, la alimentación de las personas, el transporte, la vialidad, la planificación urbana, la señalética, la salud, la educación, la discriminación, el adulto centrismo, el machismo, la idiosincrasia, la cultura, el feminismo, el país, la ley zamudio, la violencia y la desigualdad, entre otras cosas. En fin, mucho de lo que pensaba dejé de pensarlo y he pensado y procesado cosas nuevas que se han hecho parte de mi.

Eso de que la maternidad te hace mejor persona lo había escuchado y lo había leído, pero no podía comprenderlo, me parecía una frase cursi cargada de hipocresía, como esas frases Disney de buena crianza,  sin embargo,  ahora lo entiendo en muchos sentidos incluso en éste, el de estar escribiendo al respecto, en comprender que una y quienes la entornan serán el ejemplo de esa persona que se eligió traer para formar, por ende, y en el mejor de los casos comenzamos a “hacer bien las cosas” o a tener más conciencia del por qué, el cómo y cuándo hacemos lo que hacemos. Comenzamos a comprender que somos madres y padres con ganas de hacer un mundo mejor no solo para nuestros niños y niñas , sino, para todos y todas las que están y las/los que vengan (hermosa utopía).

Volver a hacerse las mismas preguntas que pretéritamente en la adolescencia, escuchando algún compilado noventero en el personal stereo caminando sin rumbo nos hicimos, pero que hoy tienen tan diversas respuestas basadas en nuestra propia memoria, en nuestros aprendizajes, nuestro recorrido.

 Es así como el viaje a la maternidad en nosotras comienza durante nuestra gestación, ya que desde que somos fetos (fetas) traemos con nosotras nuestros ovocitos que nos determinan en cuanto a nuestra fertilidad y luego dependiendo de la cultura en que nos toque nacer es que vamos a ir determinando si queremos o no ser madres, a que edad queremos ser madres o que tipo de madre queremos o podemos ser, la trabajólica, la eco mamá, la mamá dueña de casa, la mamá medieval, moderna o posmoderna o la mamá híbrida que para el caso viene siendo casi lo mismo que la mamá posmoderna.

 Mi historia es bastante común y normal, yo quería ser mamá desde los quince años, pero no solo quería ser mamá, quería ser cantante, estudiar literatura, ser escritora, viajar a Europa y vivir allá, conocer “El mundo”, bailar, probar cosas nuevas y  básicamente vivir un ideal de felicidad como lo había visto en varias películas que mostraban cómo eran las mujeres independientes que lo pasaban bien (pre concepciones del cómo se debe ser mujer independiente) y dentro de ese ser feliz estaba la idea de ser madre, pero no solo de ser madre, sino de formar una familia. Claramente con el tiempo con la edad y el devenir de los años, en una adolescencia tardía (el segundo decenio de la vida),  me di cuenta que no quería tener hijos o hijas aun, que era mejor estudiar, conocer y empaparme de la vida, viajar y disfrutar con la familia, amigos, amigas, parejas y quienes quisieran sumarse en esa linda empresa del goce.

Entonces cuando terminé mi primer pregrado comencé a trabajar, a vivir sola y también a viajar, mis planes de maternidad habían quedado tan postergados que incluso había tomado la decisión de posponerla de manera perpetua, tenía el discurso de la sobre población mundial muy aprendido y buscaba siempre justificaciones aun más profundas para la pregunta “¿Por qué no tener hijos o hijas?” carecían ya de sentido la maternidad, la bi parentalidad y la familia, posturas que no hacen referencia a una etapa del desarrollo, son opciones válidas en cualquier etapa de a vida. Luego casi ad portas de los treinta años, con pareja estable y comenzando un segundo pregrado, empecé a sentir un gran deseo, necesidad, llamado, o no sé como llamarlo bien, pero yo decía: “siento mi útero vacío” así como otra amiga me decía que sentía que le estaba haciendo “snoose” a su reloj biológico al posponer tanto su maternidad en pro de su vida profesional.  Yo quería ser mamá, lo sentí, lo dije, los grite a los cuatro vientos, se convirtió en un tema de conversación con mis amigas, con mi mamá, en los asados, lo hablé con quien era mi pareja y no había ninguna posibilidad, ya que él no estaba dispuesto a ser padre aun, ni tenía planes para el futuro cercano, así fue como llego a mi vida Nerón, mi hermoso canino (objeto libidinal) a quien rescaté del frio y la oscuridad de la noche hostil, Nerón se convirtió en mi perrhijo y efectivamente “calmó” (por un tiempo) mis deseos de maternidad, de cuidar a un mamífero. Al poco tiempo, en el trazo real e imaginario de los caminos de la vida, me separé de esa pareja y tiempo después conocí al padre de mi hijo, cuando nos conocimos hablamos de tener hijos y casarnos y en un vaporoso espacio temporal nos embarazamos y fue ahí que comenzó la increíble (de no creerlo!!!) travesía que ha significado para mi la maternidad, desde la intuición de la fecundación hasta el puerperio, el parto, la locura, la soledad y el todo y lo que falta.

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