Puerperio inicial y lactancia

Foja cero y Fenómeno Postergeist*

1a

Acuarela Lus Marina Gainza Jauregui

A esta etapa le he querido llamar “fenómeno postergeist” del latin postergare y del adverbio latino post/después, porque el nivel de postergación y carencia de control tanto propio como del entorno, al que puede llegar la madre es radicalmente paranormal, entendiendo como fenómeno paranormal experiencias que no pueden ser explicables científicamente, como sobrevivir sin dormir, aprender a ir al baño con una guagua porteada en el fular, no comer o sobrevivir comiendo muy poco, superar mastitis con su dolor invalidante y con terciana, cicatrizar los pezones, sortear una soledad y una inseguridad extremas, tener temores nocturnos y una larga lista de etcéteras.

Luego de un parto maravilloso y un acople a la pechuga sacado del libro “Así se hace” llegamos a la casa un frio martes veintiocho de Julio a las trece horas aproximadamente, me esperaban mi madre y mis perros Luli y Nerón, yo estaba nerviosa por la acogida de los perros, pero como todos los nervios a priori, fueron inservibles porque los perros ignoraron a Valentín. Recuerdo no haber sonreído por lo menos en tres semanas (y no estaba triste), en nuestra pieza había un cartelito que decía “Bienvenido Valentín” y unos globos blancos que había puesto mi mamá, me emocionó mucho ese gesto, además tenía una sopita de pollo de madre deliciosa muy reponedora, fue una llegada diferente, obviamente yo no era la misma, por ende,  mi casa tampoco.

Mi casa tiene dos pisos, tengo que reconocer que no bajé al primer piso en dos semanas completas, por lo tanto,  se comprenderá que no salí de mi casa en  quince días y además prohibí las visitas durante el primer mes, salvo un par de excepciones. Las tres primeras semanas en mi casa fueron una pesadilla de proporciones épicas, lloré sin parar, el dolor en los pechos, en los pezones agrietados y con sangre me hacían pensar en el suicidio, no quería amamantar a mi hijo, me dolía mucho, una amiga me aconsejó sacarme leche y darle en mamadera, lo hice, pero sentía que era poca leche y además también el saca leche me lastimaba infinito, complementé con formula (leche falsa) la alimentación de Valentín con mucha culpa, me sentía una pésima mamá, una pésima hija, una pésima compañera, a mi mamá le dije miles de pesadeces porque no hacia las cosas como yo quería, sabía que era un apoyo, pero no sentía que lo fuera, me sentía profundamente confundida, incomoda.  Mi compañero trabajaba todo el día, lo extrañaba, quería estar con el, buscaba su contención y no la encontraba, el llegaba tarde muy cansado y yo con cara de tres metros, con las pechugas chorreando de leche y sangre, botando el loquio (secreción de sangre, moco y tejido placentario) por la vagina, o sea básicamente con pañales, llorando por el dolor de los pechos y cambiando entre diez y doce pañales al día, sin dormir nada, no dejaba a mi madre ayudarme con las cosas de la guagua, solo de la casa y apenas, ella proponia cualquier cosa y yo le decia que no, que mejor se quedara cerca por si la necesitaba.

Me quería morir, no podía creer que todas las mujeres pasaran por eso y que estuviera completamente normalizado, sabía bien que no tenía depresión puerperial, dado que mirar a mi hijo era sentir que me inundaba de amor, lo sentía, lo abrazaba, lo besaba, le decía cosas lindas sobre el futuro y le decía que yo era una mujer con mucha energía y super divertida que ya iba a conocer. Cada día era casi peor que el anterior, porque el tiempo pasaba muy muy muy lento, y el dolor de los pezones no disminuía, cada succión era un horror, yo solo quería estar bien y poder amamantar a mi cachorro, quería estar sola con él y andar sin ropa, pero me bajó un pudor nunca antes visto, no quería que me vieran dándole teta a mi hijo, ni mi madre, ni mi pareja, ni mi hermana, el resto ni que decir, me sentía infinitamente frustrada porque no sentía en la lactancia un acto de amor, sino una tortura, me ponía las lanolinas (ungüento maravilloso sanador de tetitas) las amapolas (plástico que hace que la lanolina no toque la ropa) y contenedores de leche que son  toallas higiénicas en las pechugas, llena de cosas, productos y gadgets que nunca antes vi o usé. Y yo que me sentía (estúpidamente) experta me di cuenta que no sabia nada, estaba en blanco, en shock, sentía que todo lo que me estaba pasando era muy injusto,  perdía la noción del día o la noche, todo se me hacia cuesta arriba, estaba paralizada de susto, tenia la tele prendida veinticuatro horas al día sin volumen y no veía nada, la luz del velador estaba prendida toda la noche para poder mirar la cara de mi hijo todo el tiempo y no tener que encenderla cuando lo mudaba, mi hijo lloraba en la madrugada con las mudas y yo lloraba con él, me desesperaba montones, mi perro mayor se fue de la pieza (dormían ambos conmigo) y yo lloraba porque lo extrañaba, entonces dormía con mi perrita Luli y mi hijo en la cama de dos plazas y mi compañero en la pieza de al lado porque o si no él no dormía nada y tenia que trabajar temprano y estar descansado. En mi estado de locura puerperial reinó la tozudez, mi mamá y mi compañero fueron muy complacientes y pacientes porque yo estaba irritable, sensible, lábil, voluble, me aislé completamente, inconscientemente quería volver al punto cero, donde estaba justo antes de embarazarme y obviamente eso no era posible. Paula, amiga artista y madre de tres niños y niñas en ese momento estaba embarazada de Sebastián y vivíamos muy cerca, a ella le dije que no quería visitas y vino igual (gesto de amistad inolvidable), lloré con ella y me dijo que todo lo que estaba viviendo era normal, me aliviano mucho verla, escucharla, me sentí menos sola, incluso cuando mi mamá me contaba a diario que sus puerperios habían sido mucho más tristes que los míos y que yo era una afortunada sentía desazón en el alma y el relato de mi amiga, mi par otrora piscolera, generó mucha empatía, me alivianó su relato. Hoy miro hacia atrás y siento mucho no haber podido disfrutarlo, me costo mucho adaptarme, me costo asumir que yo era/soy el alimento de alguien más y no solo en sentido espiritual.

Empecé a leer blogs y libros de maternidades y me encontré con que todo lo que me estaba pasando era la respuesta lógica de las mujeres independientes modernas, egoístas (en el mejor sentido de la palabra) buenas para la fiesta, viajeras o mujeres con el síndrome “Olguita marina”**, es por eso, que como lo mencioné en la introducción empática a las maternidades (en plural porque hay miles de formas), el compromiso (a lo que de muchas formas le temía) empieza a gestarse en el embarazo, pero en el embarazo aunque sea malo (de sentirse mal fisicamente) y tengas que dejar de fumar, beber, salir de noche y muchas otras cosas, sigues de alguna manera estando sola, tu en tu cuerpo, aun puedes salir y caminar escuchando música con audífonos por ejemplo, pero cuando tu hijo o hija llega a este mundo, en este plano donde lo que vemos (como la publicidad) es tan importante, y esta ahí ese humano o humana mirándote, refugiándose en tu cuerpo, pidiéndote leche y otras cosas (no muchas más) el ítem compromiso toma otros ribetes, es tan brutal como la realidad, esa realidad a la que personalmente le hice el quite muchos años en una adolescencia extendida, la vida sin bastones emocionales, sin trago, sin soma, LO REAL (como Lo Prado o Lo Vasquez o Lo Valledor) y esa realidad puede venir de la mano con una demencia tipo alud que se lleva mucho de lo que fuiste y no serás más, como fue y esta siendo en mi caso. Recuerdo que del solo hecho de imaginarme sola en mi casa (vivo sola desde los diecisiete años) me llenaba de desesperación, angustia, pavor, le pedía a mi mamá que se quedara a vivir con nosotros y cuando se iba los fines de semana a su casa para estar con su marido y su perro (recuperar su vida normal) yo sufría como niña abandonada, fue ahí que me comenzó a hacer sentido esa frase algo manoseada que dice que para criar a un hijo es necesaria una tribu entera y sin mi madre y mi pareja todo el día en el trabajo, mi tribu estaba compuesta por mi hijo, mis perros y yo, y yo no me atrevía ni siquiera a bajar al primer piso, tenía una mesa en mi pieza con té, un termo con agua caliente, avena y algún lácteo para ponerle a la avena, tenía galletas y agua, mucha agua para poder sobrevivir, miraba a mis perros y les decía cosas como “Nerón tráeme un plátano” pensando que mágicamente ellos podrían empezar a ayudarme con algunas cosas simples, obviamente eso nunca sucedió.

Entre todo este caos, proceso de adaptación, demostraciones contra fóbicas, sentimientos de injusticia, ojeras, y mucho mucho dolor en las pechugas fui a una matrona experta en lactancia, Pamela Rubio, recomendada por mi amiga Angela, a quien ayudo a parir en su casa, con ella conversé, fue muy empática, cariñosa conmigo y Valentín y reafirmó que los problemas con la lactancia en la mayoría de los casos son de orden emocional, que el acople con el hijo y ese temor que sentimos están relacionados con las sombras que aparecen en el proceso, con las auto exigencias, con las expectativas que tenemos de nosotras como madres y que al hacer abandono de esas normas auto impuestas es muy probable que tengamos una lactancia en mejores términos, cómo no creerle, si al estar contenida por ella por casi dos horas, no tuve ningún problema con darle la teta a mi hijo. También y no menor ayuda psicológica y emocional fue hablar con Pía y Alejandra, amigas que tuvieron muchos problemas con su lactancia, para mi esto ya era como de alcohólicos anónimos, ambas amigas me ayudaron mucho con consejos de mamaderas que no hicieran que la guagua perdiera el gusto por la teta, o el uso de pezoneras mientras sanaban los pezones, o lugares donde consultar, todos los datos que me dieron fueron maravillosos y los ocupé todos, pero lo mejor fue que Alejandra, desde Berlín,  me puso en contacto con una amiga de ella, Carolin, quien me contó que para ella fue tan difícil el inicio de la lactancia que le dio formula a su hija los primeros seis meses hasta que se relajo y ya llevaba más de un año dando la teta, ese relato logro calar hondo en mi psique. Incluso hice un grupo de whattsapp “cooperativa de mamá primeriza” donde incorporé a cinco amigas madres primerizas para que nos apoyáramos con consejos útiles, y si que lo fue; buscaba grupos de apoyo, “las ligas de las tetas”, “las leches de las mamis” o cualquier grupo o amiga que me dijera “tranquila, esto va a salir bien” así fui descubriendo que a veces y en el peor de los casos esa tribu puede ser virtual, una lastima, pero peor es nada.

Me demoré tres semanas en comenzar a empoderarme y adueñarme de mi rol de madre,al cabo de esas tres semanas de inoportuna irritabilidad extrema y de varias discusiones con mi mamá (provocadas por mi obviamente) terminé pidiéndole que se fuera, en muy buenos términos, y comencé el mismo día de estar sola en mi casa con los perritos y Valentín a darle la teta sin dolor y a libre demanda.

Ya han pasado varios meses de esas primeras tres semanas de delirio y obviamente siguen habiendo dificultades día a día (como la tendinitis de la muñeca izquierda que duro 5 meses), aprendizajes por montón, y he podido ir comprobando que todos, realmente todos los consejos y datos que me han dado con respecto a las etapas de desarrollo de mi hijo han sido bastante acertados, que si bien los primeros tres meses son de una adaptación de supervivencia del uno/una con la otra, donde aprendes cuando llora por qué llora, comienzas a conocer sus horarios, te adaptas a no dormir (yo lloraba por no poder dormir) todo lo que viene es tremendamente gratificante porque ya ellos y ellas comienzan a interactuar más con su entorno y por ende con una, y las carcajaditas, las sonrisas y cada avance y nuevo movimiento hacen que valga la pena todo.

Todo  ese “desorden” de la vida personal, todo ese viaje sin retorno, como todos los viajes te hace mejor persona, una mejor persona más irritable con mucha falta de sueño, donde tus decisiones ya no solo pasan por ti, sino, por él o ella.

*Postergeist: concepto apócrifo, como Poltergeist (la película de terror)

**En el año 1996 se emitió en Chile la teleserie “Sucupira”, más tarde, países como Ecuador, Costa Rica, México y Panamá también televisaron la novela. Transcurría en un pueblo playero de este mismo nombre, que se caracterizaba por cómicos y bizarros personajes. Entre ellos se encontraba don Segundo Fabregas, farmacéutico adorador de su esposa Olga, a la que dulcemente llamaba Olguita Marina. La historia se torna cómica cuando a esta particular mujer le vienen sus “ahogos” –como ella misma los bautiza– y simplemente desaparece para irse al norte del país, mientras su devoto marido sufre por su ausencia, intentando múltiples veces suicidarse, sin llegar a buen puerto.(fuente:bebloggera.com)

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

Materna Rebelde

Tú decides cómo vivir tu gestación, parto, lactancia y crianza de tus hijos e hijas. Información, experiencia, acompañamiento, libertad para elegir. Más corazón, menos instrucciones. ¡Materna Rebelde!

Internet.SOS

Potenciamos tus proyectos en Internet: Sitios web, hosting, WordPress

Anidasur

Maternidad en la tierra

A %d blogueros les gusta esto: