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Embarazo

Busqué en Word reference sinónimos de embarazo y me encontré con : gestación, preñez (palabra favorita que use durante mi embarazo y posteridad, decía: “cuando estaba preñeque”) gravidez, impedimento, obstáculo, inconveniente, compromiso, estorbo, molestia, corte, turbación, apocamiento, cortedad, timidez. Se podría pensar que no deberían ser sinónimos del momento mas hermoso que podemos vivir las mujeres, sin embargo, en mi proceso de gestación ninguna de estas palabras me fueron tan ajenas, yo incluso use una palabra aun mas cargada de pesimismo, “desdicha”.

Antes, mucho antes de pensar en tener hijos me reía y a la vez me molestaba cuando en tono serio escuchaba la expresión popular: “¿cuándo o dónde te vas a mejorar?” que hace referencia a que la mujer cuando está embarazada está enferma, y yo repetía siempre en tono majadero que el embarazo era un estado y no una enfermedad. Muy, pero muy a mi pesar mi embarazo fue una enfermedad para mi y para mi entorno, y todos esos sinónimos desafortunados que leí en Word reference se hicieron presentes en mi proceso como una pared de adobe aplastándome en un terremoto en Salamanca. Yo fui una de las mujeres que tuvo que mejorarse de su embarazo.

Subí veinticuatro kilos, me dio pubalgia (afección común entre los deportistas, que no era mi caso, y en algunas embarazadas, donde se presenta un dolor pélvico, en espalda, caderas e ingle, que se acentúa al caminar y subir escaleras que puede incluso inhabilitarte, y yo con mi casa de dos pisos). Me sucedieron (como a Gary Medel) las cosas más inverosímiles y todas juntas, vomité los primeros cuatro meses todos los días y aunque después vomite a veces y esporádicamente, vomité hasta el día del parto, vomitaba entre diez a treinta veces al día, no podía salir de mi casa porque necesitaba estar cerca de un baño siempre, un baño de preferencia impecable y pulcro al que poder abrazar. Si salía a la calle vomitaba en la calle y me sentía peor, indigna (a pesar de que nunca tuve problemas ni con orinar en la vía pública) mi olfato comenzó a desarrollarse de manera tal que pensaba que tenían que estudiarme como caso de la ciencia porque podía saber cuando mis vecinos se ponían hasta el desodorante o que shampoo estaba usando la señora que me vendía el pan, podía oler los parabenos (químico conservante de productos cosméticos), podía oler todo lo que contenía químicos procesados, tuve que dejar de usar pasta de dientes, desodorante, shampoo, bálsamo, aceites, cremas, detergente, jabón, productos de limpieza en general y podía en pleno verano pasar semanas sin bañarme porque no podía soportar el olor del agua, tenia que lavarme por partes y con paños húmedos, y con las comidas no fue diferente, el amado pan tostado se transformó en mi peor enemigo.

Comencé a sentir un desprecio profundo por las personas que usaban productos como los mencionados anteriormente, o sea por todas las personas, ya que por lo general y en el mejor de los casos, la gente se ducha y se pone jabón y una serie de olores que no les son propios, es parte de nuestra cultura de la hiper higiene, incluso de a poco yo he ido integrando ya casi todos esos productos porque ya no los rechazo. En pocas palabras todos los olores me daban asco, de la comida, de la gente, de la calle, es más fácil decir que el olor a cloro y el olor de mis perros eran los únicos olores que podía tolerar, el olor de las personas incluido mi pareja me parecía insoportable, sentía su olor a metros de distancia y vomitaba, fue una etapa inicial bastante terrible, mis amigos, amigas y familiares, especialmente mi mamá y mi pareja fueron muy pacientes, yo lloraba, y me encerraba, tenia hambre, comía y vomitaba, sentia mucha acidez, luego  comencé a engordar engordar engordar, pero no tenía nada de guata de embarazada, me sentía muy fea, muy deforme, se me había empezado a juntar una grasa muy rara en el rollo del sostén en la espalda, sentía profundo rechazo al embarazo, siendo un embarazo esperado y deseado sentía mi famosa desdicha. Todos los días le decía llorando a mi guatita que lo/la estaba esperando, que lo/la amaba, que cuando llegara lo íbamos a pasar super bien, pero la verdad es que solo sentía desazón, y no quería transmitirle eso a mi guagua, pero no podía evitarlo. Comencé a sentirme presa de una situación, en una especie de arresto domiciliario, no quería ver a nadie, no quería que nadie me viera así alegando todo el día, quejándome de todo, llorando. Tuve que renunciar tempranamente a mi trabajo (A los dos meses de gestación) que consistía en atención al público, porque vomitaba cuando sentía los perfumes de las personas que tenía que atender y era un vomito explosivo e incontrolable. Era como estar todo el día y en todo momento con una resaca desproporcionada como las resacas son, le llamaba  a ese estado”la caña de la vida”.

Sentía mucha rabia, mucha tristeza, mucha injusticia con lo que estaba viviendo, ni en mis peores pesadillas hubiera pensado en tener un embarazo así, con insomnio y mucha ansiedad, empecé a dormir con la luz encendida y sentía temores, mucha angustia, fue en esos momentos que llego a mis manos literatura muy importante que me dio luces sobre lo que me estaba pasando, y fue así que pude comprender que lo que me pasaba no era tan raro, que no era yo la intensa, la diferente que le pasaba de todo y comprendí que solo “SOLO”(como si fuera poco) tenía sombras al asecho.

“Este termino, utilizado y difundido por C. G. Jung intenta ser más abarcador que el término “inconsciente”, difundido  por S. Freud. Se refiere a las partes desconocidas de nuestra psique, pero también a las partes desconocidas de nuestro mundo espiritual (…) La sombra personal se desarrolla desde la infancia. Naturalmente nos identificamos con ciertos aspectos como la generosidad y la bondad, y al mismo tiempo despreciamos los opuestos que, en este caso, serían el egoísmo y la maldad. De esta manera nuestra luz y nuestra sombra se van construyendo en forma simultanea” (Gutman, 2007. p. 24)

Así fue como fui descubriendo que a pesar de las terapias tradicionales, los San Pedros (Cactus) las psicomagias y todas las búsquedas alternativas por conocerme más y sanarme durante toda mi vida, estaba mal, llena de sombras, llena de temores, llena de poca aceptación, que era mucho menos mediocre de lo que pensaba y que en realidad era muy autoexigente y necesitaba estar bien y llevar mi embarazo de la mejor manera, tener un embarazo creativo, lindo, feliz, ardiente, lleno de alegría, sentirme linda, activa y sexy, y al no ser así terminé sumida en un mar de desconsuelo y desesperación que duro los nueve meses de embarazo.

Hay situaciones que pueden sonar como una anécdota, pero las relato porque es importante comprender que es común sentir malestares similares a los que yo sentí durante el embarazo, es más, mi matrona del sistema público decía que había escuchado todos esos malestares en diferentes mujeres, pero nunca todos juntos en una misma mujer. Y fue ella misma la que me dio el mejor consejo que recibí durante todo el proceso de gestación :”Pamela, no tomes ninguna decisión en este momento de tu vida, solo vive lo que te esta pasando y dale tiempo al tiempo”.

Querer ir al baño cada media hora, que duela la espalda por no poder dormir de guata, la acidez constante y el asco se transformaron en los síntomas de mis malestares psíquicos, cuando leí en ese Word reference la palabra compromiso  recordé de inmediato estar en mi cuarto mes de embarazo sola con mi mamá en la casa de veraneo despertándome y poniéndome a llorar pensando que estaba viviendo una pesadilla de soledad y auto claustro, le decía llorando a mi mamá cosas horrorosas desde el egoísmo más acérrimo, cosas como: “¿Qué voy a hacer yo con una guagua?”, “¿cómo voy a cuidar yo a una guagua?”, “¿Qué pasa si lo/la veo y lo/la rechazo, si me cae mal?” “ya nunca nada va a ser lo mismo…” y así muchas preguntas que mi madre comprensiva y paciente no se dignó a responderme.

“La idea de compromiso alude a la aceptación de normas que no se pueden reducir a la racionalidad instrumental, es decir, normas que no seguimos para obtener otra cosa sino que acatamos como un fin en si mismas. No tienen que ver siempre, ni siquiera a menudo, con graves decisiones morales. Por ejemplo, aceptamos las normas de etiqueta en la mesa sin preguntarnos para que sirven. Como sostienen los economistas, tanto el altruismo como el egoísmo podrían estar basados en el hedonismo, es decir, en la cantidad de placer que obtenemos al obrar de cierta manera o, dicho mas sencillamente, en que preferimos actuar de cierta manera y no de otra. El compromiso en cambio, no.” (Del Olmo, 2013, p. 84).

 Si bien la palabra compromiso, ese compromiso que trabaja Carolina Del Olmo, en ese entonces resonaba en mi cabeza como un rulo de tambor, hizo que logarara, a propósito de lo mismo ver en mi una mujer mucho más adolescente de la que tenía presupuestada en mi auto imagen, lo que fue fundamental para poder trabajarlo durante el embarazo y que el puerperio y mi hijo recién nacido no aparecieran en una quinceañera atrapada en el cuerpo de una treintona.

Compromiso era una palabra que me quedaba enorme, que me asustaba, me parecía irreversible y como todo lo irreversible como la vida, la muerte y lo real, me angustiaba.

Con estos dos conceptos, sombra y compromiso, que se volvieron con el tiempo mis aliados, con los que pude sortear y terminar con vida mi embarazo y querer hacer de este proceso una experiencia pública para ayudar, hacer reír o aburrir a alguna madre en apuros o alguna pareja que piense que su mujer es la única persona en la tierra que esta teniendo un “mal” embarazo.

El compromiso en una sociedad occidental individualista se esconde rapidamente en frases como “si no me acuerdo, no lo hice”, “no me gusta, lo cambio”,  “teniamos problemas (hace un par de meses) y por eso terminamos”, “me enojé, no hablamos nunca NUNCA más”. Cuando llega una hija o un hijo ninguna de esas frases las puedes utilizar con ellos o ellas, para algunos y algunas será de perogrullo, pero otras como yo al darse cuenta que la ligazon con un hijo o hija genera un lazo perpetuo de amor, pueden por lo bajo inquietarse con este entramado de emociones y sentimientos que trae consigo este cambio de vida, este compromiso ineludible hace que afloren todas las sombras, que saquemos lo peor de nosotras, que rememoremos nuestra infancia, que recordemos todo lo que no nos gusto de nuestros padres, nuestra madre por encima de otras cosas, que pensemos en todas las negligencias, nuestros traumas, los malos ratos, los malos retos y esos momentos que aun no hemos saneado se tranforman  en la angustia y el miedo a lo desconocido y aparecen preguntas tales como ¿Cómo seré como madre? y las respuestas pueden ser escalofriantes, o no. Buen viaje.

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El orden de los factores si altera el producto.

Ser mujer hoy, estar entrada en los treinta años y ser madre por primera vez abrió un mar, un mundo, un cielo, e incluso un universo  de nuevos paradigmas y cuestionamientos en cuanto a mi individualidad, el ego, el propio ego, el pasado, mi familia, el futuro, la pareja, mis amigos y amigas, la casa, la casa propia, la sexualidad, la niñez, la fiesta, el trabajo, los campos de acción, mi alimentación, la ley Emilia, la alimentación de las personas, el transporte, la vialidad, la planificación urbana, la señalética, la salud, la educación, la discriminación, el adulto centrismo, el machismo, la idiosincrasia, la cultura, el feminismo, el país, la ley zamudio, la violencia y la desigualdad, entre otras cosas. En fin, mucho de lo que pensaba dejé de pensarlo y he pensado y procesado cosas nuevas que se han hecho parte de mi.

Eso de que la maternidad te hace mejor persona lo había escuchado y lo había leído, pero no podía comprenderlo, me parecía una frase cursi cargada de hipocresía, como esas frases Disney de buena crianza,  sin embargo,  ahora lo entiendo en muchos sentidos incluso en éste, el de estar escribiendo al respecto, en comprender que una y quienes la entornan serán el ejemplo de esa persona que se eligió traer para formar, por ende, y en el mejor de los casos comenzamos a “hacer bien las cosas” o a tener más conciencia del por qué, el cómo y cuándo hacemos lo que hacemos. Comenzamos a comprender que somos madres y padres con ganas de hacer un mundo mejor no solo para nuestros niños y niñas , sino, para todos y todas las que están y las/los que vengan (hermosa utopía).

Volver a hacerse las mismas preguntas que pretéritamente en la adolescencia, escuchando algún compilado noventero en el personal stereo caminando sin rumbo nos hicimos, pero que hoy tienen tan diversas respuestas basadas en nuestra propia memoria, en nuestros aprendizajes, nuestro recorrido.

 Es así como el viaje a la maternidad en nosotras comienza durante nuestra gestación, ya que desde que somos fetos (fetas) traemos con nosotras nuestros ovocitos que nos determinan en cuanto a nuestra fertilidad y luego dependiendo de la cultura en que nos toque nacer es que vamos a ir determinando si queremos o no ser madres, a que edad queremos ser madres o que tipo de madre queremos o podemos ser, la trabajólica, la eco mamá, la mamá dueña de casa, la mamá medieval, moderna o posmoderna o la mamá híbrida que para el caso viene siendo casi lo mismo que la mamá posmoderna.

 Mi historia es bastante común y normal, yo quería ser mamá desde los quince años, pero no solo quería ser mamá, quería ser cantante, estudiar literatura, ser escritora, viajar a Europa y vivir allá, conocer “El mundo”, bailar, probar cosas nuevas y  básicamente vivir un ideal de felicidad como lo había visto en varias películas que mostraban cómo eran las mujeres independientes que lo pasaban bien (pre concepciones del cómo se debe ser mujer independiente) y dentro de ese ser feliz estaba la idea de ser madre, pero no solo de ser madre, sino de formar una familia. Claramente con el tiempo con la edad y el devenir de los años, en una adolescencia tardía (el segundo decenio de la vida),  me di cuenta que no quería tener hijos o hijas aun, que era mejor estudiar, conocer y empaparme de la vida, viajar y disfrutar con la familia, amigos, amigas, parejas y quienes quisieran sumarse en esa linda empresa del goce.

Entonces cuando terminé mi primer pregrado comencé a trabajar, a vivir sola y también a viajar, mis planes de maternidad habían quedado tan postergados que incluso había tomado la decisión de posponerla de manera perpetua, tenía el discurso de la sobre población mundial muy aprendido y buscaba siempre justificaciones aun más profundas para la pregunta “¿Por qué no tener hijos o hijas?” carecían ya de sentido la maternidad, la bi parentalidad y la familia, posturas que no hacen referencia a una etapa del desarrollo, son opciones válidas en cualquier etapa de a vida. Luego casi ad portas de los treinta años, con pareja estable y comenzando un segundo pregrado, empecé a sentir un gran deseo, necesidad, llamado, o no sé como llamarlo bien, pero yo decía: “siento mi útero vacío” así como otra amiga me decía que sentía que le estaba haciendo “snoose” a su reloj biológico al posponer tanto su maternidad en pro de su vida profesional.  Yo quería ser mamá, lo sentí, lo dije, los grite a los cuatro vientos, se convirtió en un tema de conversación con mis amigas, con mi mamá, en los asados, lo hablé con quien era mi pareja y no había ninguna posibilidad, ya que él no estaba dispuesto a ser padre aun, ni tenía planes para el futuro cercano, así fue como llego a mi vida Nerón, mi hermoso canino (objeto libidinal) a quien rescaté del frio y la oscuridad de la noche hostil, Nerón se convirtió en mi perrhijo y efectivamente “calmó” (por un tiempo) mis deseos de maternidad, de cuidar a un mamífero. Al poco tiempo, en el trazo real e imaginario de los caminos de la vida, me separé de esa pareja y tiempo después conocí al padre de mi hijo, cuando nos conocimos hablamos de tener hijos y casarnos y en un vaporoso espacio temporal nos embarazamos y fue ahí que comenzó la increíble (de no creerlo!!!) travesía que ha significado para mi la maternidad, desde la intuición de la fecundación hasta el puerperio, el parto, la locura, la soledad y el todo y lo que falta.

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