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Lactancia

Comenzar a Re Establecerse.

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Hortense da teta a Paul, Paul Cezanne 1872

 

A diez y ocho meses del parto, al año y medio de vida de mi hijo puedo decir que el tiempo pasa tan rápido como lento a la vez.Han pasado ocho meses desde la última vez que escribí, estos ocho meses han sido emocionantes por decir algo que una madre puede entender, a los catorce meses suspendí la lactancia por iniciativa propia, aunque la presión social se hacia cada vez mas presente, y dos meses previo a ese acontecimiento importante tipo hito en una madre primeriza, ingresamos a una guardería (sala cuna) a nuestro/mi hijo.

Sobre ambas decisiones es que quiero referirme en las próximas dos entradas, partiré por el término del amamantamiento.

La lactancia si bien pasado el inicio que fue terrible: mastitis, dolor, incomodidad, pezones rotos, insomnio incesante, chorreos de leche, chorreos de leche y chorreos de leche, puedo relatar que pasado los dos meses de esa adaptación de la cuerpa comencé a sentirme bien, feliz, como si amamantar a mi hijo fuera algo (como se plantea y en el mejor de los casos) natural, dar pechuga como decimos en estas latitudes se convirtió en una conexión espacio tiempo sempiterno, indisoluble, particular y realmente lindo, hoy veo madres amamantando y recuerdo con nostalgia esa sensación de amor y proximidad intima que se tiene con los y las hijas, ese hacer el amor como nunca antes se podría haber planteado sin ser tabú, sin embargo, para mi ese tiempo fue justo y necesario, hoy no tengo culpas ni sentimientos encontrados del tipo  “debí darle más tiempo” o “quizás fue muy abrupto” y si que lo fue.

Estábamos en un almuerzo familiar junto a mi hermano y su hijo cuatro meses menor que el mío y de la nada mi hijo tomo la mamadera de mi sobrino y tomo su leche de formula, a lo que yo al mirarlo le dije: “hijo mío, firmaste el fin de la lactancia” lo tomé en brazos y le di la última pechuga en el entorno familiar, le dije que sería la última y que me lo hiciera fácil. No hay formulas ni recetas para hacer lo que hice, todas mis amigas lo hicieron diferente y tengo algunas que aun amamantan a sus hijos e hijas (cuando escribo “aun”, me refiero a hijos e hijas que siguen tomando la teta sobre los dos años) no hago juicios de valor al respecto porque realmente pienso y defiendo que cada madre sabe hasta donde quiere llegar con la lactancia. La primera noche, porque mi hijo tenia libre demanda día y noche, lloró un poco, pero nada que el chupete y un poco de agua no pudieran calmar, y en la mañana le di leche de formula y se la tomó feliz, siendo justa con los y las lectoras tengo que recordar (Ese es el problema de escribir cuando han pasado varios meses) que sentí algo parecido a la culpa con esa primera mamadera, algo así como: “¿Si aun tengo mucha leche, por qué no seguir dándole algo que le hace tan bien?” luego recordé que me moría de ganas de fumar un cigarrillo y esa especie de culpa se disipó más rápido de lo que se esfumo el humo de mi primer cigarrillo luego de tan importante obra. Es así como la segunda noche solo despertó una vez y luego ya no despertó más buscando su leche materna y las noches de colecho tomaron otro cariz, los cariños, los mimos y arrumacos cambiaron de forma, aparecieron y se acrecentaron, nos comenzamos a comunicar más verbalmente y a mirarnos más, en un nuevo lenguaje, otra comunicación, por lo demás yo empecé a dormir mejor, a estar más descansada y por lo tanto más feliz, con mejor disposición a las personas a mirar más mi entorno, a mi pareja, a escuchar a mis amigos y amigas, mis lecturas volvieron a ser muy provechosas, volví a concentrarme, dejé de dormirme a las ocho de la noche junto a mi hijo y comencé a dormir tres o cuatro horas después que él y a aprovechar esas horitas de “libertad” que me otorgó la caducidad auto impuesta de aquella época llamada lactancia. Vi que mi hijo estaba bien con mi decisión, tranquilo, feliz y yo cada día que pasaba sentía que haber dado teta era hermoso y que había sido respetuosa conmigo, que había escuchado a mi cuerpa, a mis necesidades de mujer, pareja, madre, estudiante y todo eso me hacia sentir tranquila.

Si, como no todo es color de rosa, no se si por cambios hormonales o porque esto afecta psíquicamente, sentí un pequeño duelo o anduve melancólica, triste, pensativa e irritable las dos semanas que le siguieron al cese de la lactancia, mas no pasó a mayores considerando que ahora el descanso era una realidad, la vigilia nunca me resulto “normal” ni logré adecuarme en ningún caso, siempre fue y será un padecimiento en mi.

Es inevitable frente a toda esta situación no preguntarse por el cuerpo, la cuerpa, les cuerpes, los espacios, los terrenos, los territorios y con eso de hacerse pasar por lo que una no es, o cuestionarse si lo que se es, es momentáneo, es determinante o se convierte en un deber ser, en como tu cuerpo perfomea a otro cuerpo, lo organiza, lo huellea*; es difícil no naturalizar los estados, no es fácil hacerse estas preguntas que si bien pueden transformarse en un leitmotiv en tu vida, no está exenta de escollos pronunciados que generan más que un gran tropiezo, sin embargo, es en esas preguntas que comienza ese re establecimiento de ese suelo perdido que puede significar para muchas la maternidad.

*Palabra que inventé para hacer verbo Huella

Foja cero y Fenómeno Postergeist*

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Acuarela Lus Marina Gainza Jauregui

A esta etapa le he querido llamar “fenómeno postergeist” del latin postergare y del adverbio latino post/después, porque el nivel de postergación y carencia de control tanto propio como del entorno, al que puede llegar la madre es radicalmente paranormal, entendiendo como fenómeno paranormal experiencias que no pueden ser explicables científicamente, como sobrevivir sin dormir, aprender a ir al baño con una guagua porteada en el fular, no comer o sobrevivir comiendo muy poco, superar mastitis con su dolor invalidante y con terciana, cicatrizar los pezones, sortear una soledad y una inseguridad extremas, tener temores nocturnos y una larga lista de etcéteras.

Luego de un parto maravilloso y un acople a la pechuga sacado del libro “Así se hace” llegamos a la casa un frio martes veintiocho de Julio a las trece horas aproximadamente, me esperaban mi madre y mis perros Luli y Nerón, yo estaba nerviosa por la acogida de los perros, pero como todos los nervios a priori, fueron inservibles porque los perros ignoraron a Valentín. Recuerdo no haber sonreído por lo menos en tres semanas (y no estaba triste), en nuestra pieza había un cartelito que decía “Bienvenido Valentín” y unos globos blancos que había puesto mi mamá, me emocionó mucho ese gesto, además tenía una sopita de pollo de madre deliciosa muy reponedora, fue una llegada diferente, obviamente yo no era la misma, por ende,  mi casa tampoco.

Mi casa tiene dos pisos, tengo que reconocer que no bajé al primer piso en dos semanas completas, por lo tanto,  se comprenderá que no salí de mi casa en  quince días y además prohibí las visitas durante el primer mes, salvo un par de excepciones. Las tres primeras semanas en mi casa fueron una pesadilla de proporciones épicas, lloré sin parar, el dolor en los pechos, en los pezones agrietados y con sangre me hacían pensar en el suicidio, no quería amamantar a mi hijo, me dolía mucho, una amiga me aconsejó sacarme leche y darle en mamadera, lo hice, pero sentía que era poca leche y además también el saca leche me lastimaba infinito, complementé con formula (leche falsa) la alimentación de Valentín con mucha culpa, me sentía una pésima mamá, una pésima hija, una pésima compañera, a mi mamá le dije miles de pesadeces porque no hacia las cosas como yo quería, sabía que era un apoyo, pero no sentía que lo fuera, me sentía profundamente confundida, incomoda.  Mi compañero trabajaba todo el día, lo extrañaba, quería estar con el, buscaba su contención y no la encontraba, el llegaba tarde muy cansado y yo con cara de tres metros, con las pechugas chorreando de leche y sangre, botando el loquio (secreción de sangre, moco y tejido placentario) por la vagina, o sea básicamente con pañales, llorando por el dolor de los pechos y cambiando entre diez y doce pañales al día, sin dormir nada, no dejaba a mi madre ayudarme con las cosas de la guagua, solo de la casa y apenas, ella proponia cualquier cosa y yo le decia que no, que mejor se quedara cerca por si la necesitaba.

Me quería morir, no podía creer que todas las mujeres pasaran por eso y que estuviera completamente normalizado, sabía bien que no tenía depresión puerperial, dado que mirar a mi hijo era sentir que me inundaba de amor, lo sentía, lo abrazaba, lo besaba, le decía cosas lindas sobre el futuro y le decía que yo era una mujer con mucha energía y super divertida que ya iba a conocer. Cada día era casi peor que el anterior, porque el tiempo pasaba muy muy muy lento, y el dolor de los pezones no disminuía, cada succión era un horror, yo solo quería estar bien y poder amamantar a mi cachorro, quería estar sola con él y andar sin ropa, pero me bajó un pudor nunca antes visto, no quería que me vieran dándole teta a mi hijo, ni mi madre, ni mi pareja, ni mi hermana, el resto ni que decir, me sentía infinitamente frustrada porque no sentía en la lactancia un acto de amor, sino una tortura, me ponía las lanolinas (ungüento maravilloso sanador de tetitas) las amapolas (plástico que hace que la lanolina no toque la ropa) y contenedores de leche que son  toallas higiénicas en las pechugas, llena de cosas, productos y gadgets que nunca antes vi o usé. Y yo que me sentía (estúpidamente) experta me di cuenta que no sabia nada, estaba en blanco, en shock, sentía que todo lo que me estaba pasando era muy injusto,  perdía la noción del día o la noche, todo se me hacia cuesta arriba, estaba paralizada de susto, tenia la tele prendida veinticuatro horas al día sin volumen y no veía nada, la luz del velador estaba prendida toda la noche para poder mirar la cara de mi hijo todo el tiempo y no tener que encenderla cuando lo mudaba, mi hijo lloraba en la madrugada con las mudas y yo lloraba con él, me desesperaba montones, mi perro mayor se fue de la pieza (dormían ambos conmigo) y yo lloraba porque lo extrañaba, entonces dormía con mi perrita Luli y mi hijo en la cama de dos plazas y mi compañero en la pieza de al lado porque o si no él no dormía nada y tenia que trabajar temprano y estar descansado. En mi estado de locura puerperial reinó la tozudez, mi mamá y mi compañero fueron muy complacientes y pacientes porque yo estaba irritable, sensible, lábil, voluble, me aislé completamente, inconscientemente quería volver al punto cero, donde estaba justo antes de embarazarme y obviamente eso no era posible. Paula, amiga artista y madre de tres niños y niñas en ese momento estaba embarazada de Sebastián y vivíamos muy cerca, a ella le dije que no quería visitas y vino igual (gesto de amistad inolvidable), lloré con ella y me dijo que todo lo que estaba viviendo era normal, me aliviano mucho verla, escucharla, me sentí menos sola, incluso cuando mi mamá me contaba a diario que sus puerperios habían sido mucho más tristes que los míos y que yo era una afortunada sentía desazón en el alma y el relato de mi amiga, mi par otrora piscolera, generó mucha empatía, me alivianó su relato. Hoy miro hacia atrás y siento mucho no haber podido disfrutarlo, me costo mucho adaptarme, me costo asumir que yo era/soy el alimento de alguien más y no solo en sentido espiritual.

Empecé a leer blogs y libros de maternidades y me encontré con que todo lo que me estaba pasando era la respuesta lógica de las mujeres independientes modernas, egoístas (en el mejor sentido de la palabra) buenas para la fiesta, viajeras o mujeres con el síndrome “Olguita marina”**, es por eso, que como lo mencioné en la introducción empática a las maternidades (en plural porque hay miles de formas), el compromiso (a lo que de muchas formas le temía) empieza a gestarse en el embarazo, pero en el embarazo aunque sea malo (de sentirse mal fisicamente) y tengas que dejar de fumar, beber, salir de noche y muchas otras cosas, sigues de alguna manera estando sola, tu en tu cuerpo, aun puedes salir y caminar escuchando música con audífonos por ejemplo, pero cuando tu hijo o hija llega a este mundo, en este plano donde lo que vemos (como la publicidad) es tan importante, y esta ahí ese humano o humana mirándote, refugiándose en tu cuerpo, pidiéndote leche y otras cosas (no muchas más) el ítem compromiso toma otros ribetes, es tan brutal como la realidad, esa realidad a la que personalmente le hice el quite muchos años en una adolescencia extendida, la vida sin bastones emocionales, sin trago, sin soma, LO REAL (como Lo Prado o Lo Vasquez o Lo Valledor) y esa realidad puede venir de la mano con una demencia tipo alud que se lleva mucho de lo que fuiste y no serás más, como fue y esta siendo en mi caso. Recuerdo que del solo hecho de imaginarme sola en mi casa (vivo sola desde los diecisiete años) me llenaba de desesperación, angustia, pavor, le pedía a mi mamá que se quedara a vivir con nosotros y cuando se iba los fines de semana a su casa para estar con su marido y su perro (recuperar su vida normal) yo sufría como niña abandonada, fue ahí que me comenzó a hacer sentido esa frase algo manoseada que dice que para criar a un hijo es necesaria una tribu entera y sin mi madre y mi pareja todo el día en el trabajo, mi tribu estaba compuesta por mi hijo, mis perros y yo, y yo no me atrevía ni siquiera a bajar al primer piso, tenía una mesa en mi pieza con té, un termo con agua caliente, avena y algún lácteo para ponerle a la avena, tenía galletas y agua, mucha agua para poder sobrevivir, miraba a mis perros y les decía cosas como “Nerón tráeme un plátano” pensando que mágicamente ellos podrían empezar a ayudarme con algunas cosas simples, obviamente eso nunca sucedió.

Entre todo este caos, proceso de adaptación, demostraciones contra fóbicas, sentimientos de injusticia, ojeras, y mucho mucho dolor en las pechugas fui a una matrona experta en lactancia, Pamela Rubio, recomendada por mi amiga Angela, a quien ayudo a parir en su casa, con ella conversé, fue muy empática, cariñosa conmigo y Valentín y reafirmó que los problemas con la lactancia en la mayoría de los casos son de orden emocional, que el acople con el hijo y ese temor que sentimos están relacionados con las sombras que aparecen en el proceso, con las auto exigencias, con las expectativas que tenemos de nosotras como madres y que al hacer abandono de esas normas auto impuestas es muy probable que tengamos una lactancia en mejores términos, cómo no creerle, si al estar contenida por ella por casi dos horas, no tuve ningún problema con darle la teta a mi hijo. También y no menor ayuda psicológica y emocional fue hablar con Pía y Alejandra, amigas que tuvieron muchos problemas con su lactancia, para mi esto ya era como de alcohólicos anónimos, ambas amigas me ayudaron mucho con consejos de mamaderas que no hicieran que la guagua perdiera el gusto por la teta, o el uso de pezoneras mientras sanaban los pezones, o lugares donde consultar, todos los datos que me dieron fueron maravillosos y los ocupé todos, pero lo mejor fue que Alejandra, desde Berlín,  me puso en contacto con una amiga de ella, Carolin, quien me contó que para ella fue tan difícil el inicio de la lactancia que le dio formula a su hija los primeros seis meses hasta que se relajo y ya llevaba más de un año dando la teta, ese relato logro calar hondo en mi psique. Incluso hice un grupo de whattsapp “cooperativa de mamá primeriza” donde incorporé a cinco amigas madres primerizas para que nos apoyáramos con consejos útiles, y si que lo fue; buscaba grupos de apoyo, “las ligas de las tetas”, “las leches de las mamis” o cualquier grupo o amiga que me dijera “tranquila, esto va a salir bien” así fui descubriendo que a veces y en el peor de los casos esa tribu puede ser virtual, una lastima, pero peor es nada.

Me demoré tres semanas en comenzar a empoderarme y adueñarme de mi rol de madre,al cabo de esas tres semanas de inoportuna irritabilidad extrema y de varias discusiones con mi mamá (provocadas por mi obviamente) terminé pidiéndole que se fuera, en muy buenos términos, y comencé el mismo día de estar sola en mi casa con los perritos y Valentín a darle la teta sin dolor y a libre demanda.

Ya han pasado varios meses de esas primeras tres semanas de delirio y obviamente siguen habiendo dificultades día a día (como la tendinitis de la muñeca izquierda que duro 5 meses), aprendizajes por montón, y he podido ir comprobando que todos, realmente todos los consejos y datos que me han dado con respecto a las etapas de desarrollo de mi hijo han sido bastante acertados, que si bien los primeros tres meses son de una adaptación de supervivencia del uno/una con la otra, donde aprendes cuando llora por qué llora, comienzas a conocer sus horarios, te adaptas a no dormir (yo lloraba por no poder dormir) todo lo que viene es tremendamente gratificante porque ya ellos y ellas comienzan a interactuar más con su entorno y por ende con una, y las carcajaditas, las sonrisas y cada avance y nuevo movimiento hacen que valga la pena todo.

Todo  ese “desorden” de la vida personal, todo ese viaje sin retorno, como todos los viajes te hace mejor persona, una mejor persona más irritable con mucha falta de sueño, donde tus decisiones ya no solo pasan por ti, sino, por él o ella.

*Postergeist: concepto apócrifo, como Poltergeist (la película de terror)

**En el año 1996 se emitió en Chile la teleserie “Sucupira”, más tarde, países como Ecuador, Costa Rica, México y Panamá también televisaron la novela. Transcurría en un pueblo playero de este mismo nombre, que se caracterizaba por cómicos y bizarros personajes. Entre ellos se encontraba don Segundo Fabregas, farmacéutico adorador de su esposa Olga, a la que dulcemente llamaba Olguita Marina. La historia se torna cómica cuando a esta particular mujer le vienen sus “ahogos” –como ella misma los bautiza– y simplemente desaparece para irse al norte del país, mientras su devoto marido sufre por su ausencia, intentando múltiples veces suicidarse, sin llegar a buen puerto.(fuente:bebloggera.com)

El orden de los factores si altera el producto.

Ser mujer hoy, estar entrada en los treinta años y ser madre por primera vez abrió un mar, un mundo, un cielo, e incluso un universo  de nuevos paradigmas y cuestionamientos en cuanto a mi individualidad, el ego, el propio ego, el pasado, mi familia, el futuro, la pareja, mis amigos y amigas, la casa, la casa propia, la sexualidad, la niñez, la fiesta, el trabajo, los campos de acción, mi alimentación, la ley Emilia, la alimentación de las personas, el transporte, la vialidad, la planificación urbana, la señalética, la salud, la educación, la discriminación, el adulto centrismo, el machismo, la idiosincrasia, la cultura, el feminismo, el país, la ley zamudio, la violencia y la desigualdad, entre otras cosas. En fin, mucho de lo que pensaba dejé de pensarlo y he pensado y procesado cosas nuevas que se han hecho parte de mi.

Eso de que la maternidad te hace mejor persona lo había escuchado y lo había leído, pero no podía comprenderlo, me parecía una frase cursi cargada de hipocresía, como esas frases Disney de buena crianza,  sin embargo,  ahora lo entiendo en muchos sentidos incluso en éste, el de estar escribiendo al respecto, en comprender que una y quienes la entornan serán el ejemplo de esa persona que se eligió traer para formar, por ende, y en el mejor de los casos comenzamos a “hacer bien las cosas” o a tener más conciencia del por qué, el cómo y cuándo hacemos lo que hacemos. Comenzamos a comprender que somos madres y padres con ganas de hacer un mundo mejor no solo para nuestros niños y niñas , sino, para todos y todas las que están y las/los que vengan (hermosa utopía).

Volver a hacerse las mismas preguntas que pretéritamente en la adolescencia, escuchando algún compilado noventero en el personal stereo caminando sin rumbo nos hicimos, pero que hoy tienen tan diversas respuestas basadas en nuestra propia memoria, en nuestros aprendizajes, nuestro recorrido.

 Es así como el viaje a la maternidad en nosotras comienza durante nuestra gestación, ya que desde que somos fetos (fetas) traemos con nosotras nuestros ovocitos que nos determinan en cuanto a nuestra fertilidad y luego dependiendo de la cultura en que nos toque nacer es que vamos a ir determinando si queremos o no ser madres, a que edad queremos ser madres o que tipo de madre queremos o podemos ser, la trabajólica, la eco mamá, la mamá dueña de casa, la mamá medieval, moderna o posmoderna o la mamá híbrida que para el caso viene siendo casi lo mismo que la mamá posmoderna.

 Mi historia es bastante común y normal, yo quería ser mamá desde los quince años, pero no solo quería ser mamá, quería ser cantante, estudiar literatura, ser escritora, viajar a Europa y vivir allá, conocer “El mundo”, bailar, probar cosas nuevas y  básicamente vivir un ideal de felicidad como lo había visto en varias películas que mostraban cómo eran las mujeres independientes que lo pasaban bien (pre concepciones del cómo se debe ser mujer independiente) y dentro de ese ser feliz estaba la idea de ser madre, pero no solo de ser madre, sino de formar una familia. Claramente con el tiempo con la edad y el devenir de los años, en una adolescencia tardía (el segundo decenio de la vida),  me di cuenta que no quería tener hijos o hijas aun, que era mejor estudiar, conocer y empaparme de la vida, viajar y disfrutar con la familia, amigos, amigas, parejas y quienes quisieran sumarse en esa linda empresa del goce.

Entonces cuando terminé mi primer pregrado comencé a trabajar, a vivir sola y también a viajar, mis planes de maternidad habían quedado tan postergados que incluso había tomado la decisión de posponerla de manera perpetua, tenía el discurso de la sobre población mundial muy aprendido y buscaba siempre justificaciones aun más profundas para la pregunta “¿Por qué no tener hijos o hijas?” carecían ya de sentido la maternidad, la bi parentalidad y la familia, posturas que no hacen referencia a una etapa del desarrollo, son opciones válidas en cualquier etapa de a vida. Luego casi ad portas de los treinta años, con pareja estable y comenzando un segundo pregrado, empecé a sentir un gran deseo, necesidad, llamado, o no sé como llamarlo bien, pero yo decía: “siento mi útero vacío” así como otra amiga me decía que sentía que le estaba haciendo “snoose” a su reloj biológico al posponer tanto su maternidad en pro de su vida profesional.  Yo quería ser mamá, lo sentí, lo dije, los grite a los cuatro vientos, se convirtió en un tema de conversación con mis amigas, con mi mamá, en los asados, lo hablé con quien era mi pareja y no había ninguna posibilidad, ya que él no estaba dispuesto a ser padre aun, ni tenía planes para el futuro cercano, así fue como llego a mi vida Nerón, mi hermoso canino (objeto libidinal) a quien rescaté del frio y la oscuridad de la noche hostil, Nerón se convirtió en mi perrhijo y efectivamente “calmó” (por un tiempo) mis deseos de maternidad, de cuidar a un mamífero. Al poco tiempo, en el trazo real e imaginario de los caminos de la vida, me separé de esa pareja y tiempo después conocí al padre de mi hijo, cuando nos conocimos hablamos de tener hijos y casarnos y en un vaporoso espacio temporal nos embarazamos y fue ahí que comenzó la increíble (de no creerlo!!!) travesía que ha significado para mi la maternidad, desde la intuición de la fecundación hasta el puerperio, el parto, la locura, la soledad y el todo y lo que falta.

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