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Parto respetado

“El sujeto no solo podría rechazar la ley, sino también quebrarla, obligarla a una rearticulación que ponga en tela de juicio la fuerza monoteísta de su propia operación unilateral” Judith Butler

 De lo referente al cuerpo como territorio.

Lo biomédico en tanto biopolítico.

La dilatación, expulsivo y alumbramiento.

 Hace alrededor de seis años fui de vacaciones a Santa Bárbara octava región del sur de Chile, ahí conocí un centro que trabaja con las madres campesinas y pehuenches que viven lejos de la ciudad, en este centro se recibe a las madres desde que tienen treinta y seis semanas de gestación hasta que él/la recién nacido/a tiene un mes, en esos dos meses se acompaña a las madres en un establecimiento con dependencias adecuadas donde ella y el o la niña reciben cuidados y estímulos. Este lugar queda a una cuadra del Hospital donde se hacen los partos, en este centro asistencial existen dos salas de parto, la sala tradicional y paradojalmente enfrentada a ésta o justo enfrente está la sala de parto humanizado, una sala de madera, sin camilla, con cama, con un taburete para recibir a la guagua, muy acogedora, como una cabaña en el bosque, cuando vi ese lugar quedé anonadada, nunca me imagine que en Chile existiera un centro de salud con visión multicultural, ahí supe que esto existe desde el año ochenta y siete aproximadamente y que hay muchos lugares en chile que se están adhiriendo a estas iniciativas.

Hasta ese día nunca me había preguntado como quería parir, sin embargo, dejó de hacerme sentido todo lo que conocía; los hospitales, las clínicas, las cesáreas, las sondas, las epidulares, los médicos, las episiotomías, monitoreos y todos los protocolos hospitalarios que tienen relación con la llegada de otro ser humano. Comencé a investigar de a poco y muy informalmente lo referente a la humanización de los partos y conocí personas como a la Marta Ocampo, amiga y matrona fundadora del grupo Maternas, y autores/as como la Michelle Sadler, una antropóloga que hizo su tesis para optar al grado académico de antropóloga social haciendo un análisis socio cultural de los partos en Chile, “así me nacieron a mi hija”. Estas dos personas directa en indirectamente fueron muy importantes en mi autoformación inicial con respecto a los partos respetados, humanizados, naturales, en casa, verticales o como se le quiera llamar a los que se escapa de los protocolos que se conocen popularmente.

Cuando supe que estaba embarazada quede en blanco, no supe a donde ir  ¿A una matrona, un ginecólogo, al consultorio, clínica, hospital, a mi pediatra, una machi? Y con mi pareja fuimos (en el shock inicial) a cualquier ginecólogo de Integramédica, fue nefasto, ni me acuerdo de su cara o de su nombre, pero nunca nos miro, fue la caricatura del médico que te atiende mirando su computador escribiendo quién sabe qué, me puse hostil porque me sentí invisivilizada, una más en la fabrica de salsichas que significa traer a otro ser humano a este mundo, sentimos cero empatía de parte de esta persona que se veía completamente desafectada de su labor (no es para menos por lo demás, pero nosotros buscábamos más) y nos fuimos. Ahí decidí con todos los prejuicios del mundo ir al consultorio de mi comuna, para mi sorpresa me encontré con Yakika quien fue mi matrona durante casi todo mi embarazo, Yakika es una matrona tradicional, sin embargo, una mujer respetuosa y con mucha experiencia, me sentí, nos sentimos, muy cómodos con ella nos dio consejos que nos sirvieron mucho durante el periodo gestacional, fue poco invasiva y muy comprensiva con mi “mal embarazo” nunca me juzgo ni me hizo sentir mal o rara, como si me hicieron sentir muchos otros médicos o personas en mi entorno. A pesar de toda esta maravilla no dejó de sorprenderme la cantidad de exámenes que tuve que hacerme, una tanda de cuatro o cinco exámenes cada dos meses, hemogramas, orinas, VIH y otros que ni recuerdo, me parecía y me parecen un exceso sobre todo ese desagradable exámen que te mide la glicemia, son los conductos regulares del sistema público al que estaba adherida, sin embargo, me preguntaba si es que no habían anomalías en los exámenes iniciales para qué hacerlos tantas veces, pero como quería parir en un Hospital público tenia que someterme a todas las pruebas que necesitaran después quienes me acompañarían en un pabellón; médicos, anestesistas, matronas, enfermeras, el o la que te toma la presión, el o la arsenalera y un sin fin de personas y estudiantes en practica en el peor de los casos que estarán ahí para presenciar mi proceso, mi intimo proceso.

 Ya tenía amigas que venían con el cuento del parto en casa y el parto respetado, yo quería ser más vanguardista que mi entorno burgués acomodado y quería parir bajo el alero del “Chile crece contigo” (Programa que respeto mucho) Sin embargo, al estar cada vez mas gorda, conectándome cada día más con mi hijo en camino, con las fechas encima, con un embarazo lleno de molestias físicas y emocionales que me hacían muy susceptible y vulnerable y luego de ver muchos videos de partos de todo tipo donde a las guaguas al nacer les metían sondas hasta por el ano, decidí tener un parto respetado, pero no en mi casa, en una clínica donde me dejaran estar como en mi casa, pero con el resguardo de la neonatología y del desfibrilador cerca.

Es impresionante como la llegada de un ser humano es algo que nos interpela a todos desde diferentes lugares, cuando conté públicamente que estaba embarazada recibí preguntas y comentarios de todo tipo, incluso una  amiga me dijo: “bien por ti”(en tono displicente),  y así mismo las personas que nos rodean se toman las atribuciones de preguntarte todo con respecto al parto y de juzgar tus opciones, a mi me dijeron cosas como: “oye que valiente querer parir sin anestesia”, “pero que estupidez querer parir en cuatro patas”, “oye que new age tu”, “eres una irresponsable con tu vida y la vida de tu hijo” “seguro que en el parto vas a querer anestesia igual”(claramente desconociendo que el noventa por ciento de la población mundial nace por partos naturales y desde el tiempo de las cavernas hasta ahora) y la pregunta que más me hacían: “¿y si sale algo mal?” Hay muchas respuestas posibles a todas estas preguntas, pero la verdad es que mi respuesta más habitual para no entrar en detalles era :”voy muy confiada a mi parto, confío mucho en que mi hijo va a saber que hacer, todo va a salir bien” por suerte así fue.

 Las personas preguntan de todo y como si te estuvieran preguntando si te gusta más el pan con queso, jamón o aliado, culturalmente esta aceptado preguntar, hablar de tu vagina como un espacio público, mientras estas embarazada y no, del que se puede opinar, igual que con la lactancia, todos y todas opinan de tus tetas, del cómo, cuándo y dónde amamantar, y del cómo te van a quedar luego de lactar, y hasta cuando deberías darle a tu hijo para que no se transforme en un “edipito” (cómo si eso pudiera evitarse). Para mi era como si me preguntaran abiertamente y en público detalles tan íntimos como si prefería sexo oral antes  durante o después del coito. Todos y todas nacemos en algún momento,  fuimos amamantados o no, usamos pañales, pasamos por lo mismo, muchos y muchas tendremos hijos, son temas comunes, sin embargo el sexo también y no se habla tan abiertamente con una persona que vienes conociendo, con el embarazo es diferente, ya llevas la evidencia de un coito fructífero encima y además personas que pueden ni conocerte como en la micro, el metro o el semáforo, luego de dos preguntas comienzan a preguntarte sobre lo que yo llamo “la intimidad del embarazo” y sin ningún pudor, porque como mencioné anteriormente, esta aceptado, la gente llega y te toca la guata como si fueras buda y dieras la suerte, eres como un icono de la abundancia, como una persona de todos, como una madre de todos, buena, tierna, asexuada, medio virgen, una madre como la propone la biblia, y no es así, todo lo referente al embarazo es un tabú, muchas mujeres que conozco tuvieron malos embarazos, con sombras, miedos y mucha soledad (obviamente también conozco mujeres que tuvieron embarazos apacibles emocionalmente y con mucha actividad física). Cuando sobre todo le cuentas a un hombre que lo estas pasando mal en tu embarazo, por lo general te va a decir que eres rara, intensa, que nunca lo había escuchado, que eres atípica y otros calificativos de la misma índole, eso mismo me paso con mi pareja y varios amigos del sexo opuesto, pero a mi pareja le pedí que le preguntara a sus amigas y  hermana que habían sido madres como habían sido sus embarazos y sorpresa para él, casi todas habían tenido embarazos poco amigables. Es común sentirse mal y lo biomédico no contempla esto, si dices que te sientes mal está pésimo, si dices algo así como “menos mal es uno” la sociedad te castiga, te dicen simplemente: “eso no se dice”  en tono inquisitivo (say what???!!!), es politicamente incorrecto tener un mal embarazo y decirlo en voz alta.

En el sistema tradicional de la medicina se llevan a cabo procedimientos invasivos con la madre, “maniobras”, no se explican los procedimientos, se infantiliza la madre se le trata de “mamita”, “las mamitas”con tono párvulo, se invisibiliza al hombre, a la pareja, al padre de ese o esa niña que se esta gestando, se convierte casi en un donante de espermios, hay todo un sistema que invisibiliza a la madre, al padre e incluso al niño o la niña que crece durante el proceso de gestación, un sistema que mete miedo, que te inseguriza con respecto al parto, que duele, que no se puede, que estás muy gorda, que tienes caderas angostas, que tienes poca leche, que tu leche no alimenta, puras falacias.

“Sabemos que procrear no es el destino biológico de las mujeres, debe ser una decisión soberana, autónoma y libre. También sabemos que todos los seres humanos nacemos de una mujer, así ha sido desde el inicio de la humanidad porque es una acción que solo los cuerpos femeninos revisten como posibilidad. Lo que planteamos, es que si en la actualidad dudamos sobre la capacidad de los cuerpos de las mujeres gestantes para parir sin violencia, es porque existe todo un sistema actuando de forma simultanea desde la lógica de la dominación para que así lo creamos. Para nosotras es vital reposicionar el rol protagónico de las mujeres en este momento, recuperar la sabiduría ancestral de nuestros cuerpos, liberar el conocimiento eclipsado por la amnesia patriarcal que controla nuestros ritmos vitales y se apropia del inicio de una vida” (Nacer en libertad, Memorias de Parto, 2015, p. 21)

 Así fue que en el proceso que tomar protagonismo en mi parto, en nuestro parto y  luego de varios meses que tuvimos para madurar nuestras elecciones con respecto cómo nacer y de re conocernos más en nuestro interior y nuestras formas de enfrentarnos, enfrentarme, a lo biomédico me junté con mi amiga Pancha y le pedí los datos de su parto, así fue como llegue donde Martita (Marta Mujica), una matrona joven quien hoy ocupa un lugar muy especial en mi memoria, ella nos orientó en todo, fue una guía maravillosa, nos sugirió que parieramos en la Clínica Madre e hijo, porque ahí ella tenia mas libertad de acción, conocían su trabajo y la dejaban actuar tranquila, entonces ahí fue que hicimos los tramites de cotización y pre ingreso. Para poder parir ahí tenia que acceder a un bono PAD en Fonasa, y para eso tuve que ir donde un prócer de la ginecología pro parto humanizado, el doctor Robles quien se mostro muy molesto con mi evidente incremento de peso, y tuvo la osadía de hacerme el siguiente comentario: “¿sabías que la Pampita solo subió tres kilos en su último embarazo?” me voy a reservar los improperios (que si que los pensé), pero no me parece un comentario apto para una embarazada gorda que quiere parir en cuatro patas, para mi ese tipo de comentarios siguen siendo violentos, inapropiados, nunca le pregunte que opinaba de mi anatomía y mis exámenes arrojaban resultados absolutamente compatibles con un parto natural, una vez saltado ese episodio molesto, hicimos los trámites con Martita, en Fonasa y en la Clínica para dejar todo listo para el gran día, a esas alturas era un día muy esperado, ya que a penas podía caminar, depilación ni pensarlo y abrocharse los zapatos era más imposible que ganarse el Kino sin comprar un cartón.

Sábado veinticinco de Julio del dos mil quince, mi mamá ya llevaba una semana quedándose con nosotros porque yo ya estaba bastante invalida (hay muchos momentos en la vida en la que una persona es bastante invalida físicamente, es absurdo que todo funcione para personas sin discapacidades, cuando un alto porcentaje de la población son niños, ancianos, embarazadas, y personas con problemas motores y/o cognitivos) entonces desayunamos y fuimos todos, mamá, compañero, sobrino (con quien nos encontramos allá), perritos y yo al parque Inés de Suarez a pasear con los canes en el paseo intransable del fin de semana, luego de eso fuimos a almorzar un peruano y yo comí pulpo al olivo, llegamos a la casa y mi mamá se fue a ver a su marido, esa tarde luego de una reponedora ducha de media tarde rompí la fuente, hablamos con la matrona y nos sugirió control en la clínica pasadas veinticuatro horas para poner algún antibiótico (para evitar infecciones en la guagua) así paso la noche en absoluta tranquilidad y la siguiente mañana y tarde escuchando al hippie Carlos Nakai y a Led Zeppelin con el amor y la tranquilidad del compañero humano y los compañeros perros, a las nueve y media de la noche decidimos no avisarle a nadie, dejamos a los cachorros con sus ropitas (porque hacía frío) les pusimos agua y comida y nos despedimos de la casa para ir a la clínica. Llegue con contracciones poco dolorosas que se fueron intensificando mucho, tanto que pensé que podía perder la calma y la perdí, Martita me sugirió recordar los ejercicios de respiración (que me había enseñado Marta Ocampo en su taller de parto) que resultaron óptimos para facilitar la canalización del dolor y la dilatación, la que fue idónea cuando llevábamos una hora en la sala de preparto, en una sala de preparto con luz tenue, donde me podían acompañar en todo momento mi compañero y mi matrona, sin interrupciones, sin malas caras, sin protocolos de limpieza o de toma de exámenes, ni monitoreos invasivos o tactos dolorosos, luego pasamos a la sala de parto, una sala con luz muy baja y con muchas sabanas blancas dispuestas en diferentes lugares, un taburete, el suelo, una camilla, yo elegí el suelo, apoyada en mis rodillas o en cuclillas (en la última posición mi compañero se llevaba buena parte del trabajo afirmandome de las axilas) tomando agua, comiendo chocolate y desfalleciendo entre pujo y pujo, entre contracción y contracción, mi pareja estaba asustado, pero muy tranquilo, la matrona le contaba que estaba todo bien, dentro de lo esperado. Yo dormía y gritaba, pujaba y lloraba, me dolía, estaba nerviosa y al mismo tiempo concentrada, quería hacerlo bien, me sentía en un transe, veia borroso, pero estaba confiando en todo momento que mi hijo estaba haciendo también su trabajo, yo sentía que estaba sola, pero al mismo tiempo con mi madre, mi abuela, mi hermana, mi cuñada, mi suegra muerta y todo ese misticismo que en algún momento te cuentan, yo me conecté con lo femenino y con el dolor en estados bastantes peculiares, pensé mucho en la tortura, me dolía mucho, pero nunca sentí la necesidad de recurrir a la anestesia a diferencia de los dolores de muela que he tenido que, con el mínimo dolor si he rogado por un poco de calmante. Así pasamos un tiempo no cuantificable hasta que ya en un momento sentí mucho cansancio y pedí ayuda para pasarme a una camilla, necesitaba apoyar la espalda, al tenerla apoyada pujé un par de veces más y salió la cabeza de Valentín, en ese momento solo sentí alivio, hasta que con su voz calmada Martita me dice: “Pame, tienes que pujar más, tienen que salir los hombros”, pensé que era una broma, sin embargo, ese siguiente pujo fue menos intenso y ya estaba todo entero afuera mi hermoso pequeño a las dos con nueve minutos de la madrugada del veintisiete de julio del dos mil quince, en mi shock inicial lo vi, lo abrace, me lo puse en el pecho y le dije “hola amor, bienvenido” siempre me imagine llorando en un momento así, pero estaba tan estupefacta por lo vivido que la emoción quedo suspendida, hoy al escribir esto, siete meses después de su nacimiento, se me llenan los ojos de lagrimas de pura emoción. Luego del parto quede lista para una maratón, esa es la sensación, adrenalina y oxitocina al por mayor. Con Valentín y Andrés, mi compañero, hicimos un apego como de una hora, nunca nos separamos de la guagua, nos trasladaron a la habitación sin limpiarlo, porque así lo queríamos, lo limpiamos y lo vestimos nosotros, hicimos colecho desde el primer día, se agarro super bien a la pechuga y el desgarro natural de mi vagina fue suturado por dos puntos, muy pequeño, no hubo intervenciones de ningún tipo a la guagua ni a mi, porque yo estaba bien y Valentín también, no lo necesitaba, nos dejaron descansar tranquilos a los tres.

Al otro día le dije a mi mamá y a mi hermana que había hecho algo muy animal, que “se me había pasado la mano” que nunca volvería a hacer algo como eso, no podía creer por lo que había pasado hoy en la distancia, estoy segura que si mi segundo embarazo está en optimas condiciones, pariré en mi casa, porque durante el parto extrañe mucho a mis perros.

Mi experiencia de un parto respetado es muy poco elitista, parí en una clínica pequeña en el centro de Santiago, una clínica fea y maravillosa donde me sentí más vista y escuchada que en ninguna otra parte relacionada con lo biomédico, parí con un bono de Fonasa (Fondo nacional de salud) y mi parto costo $246.000- (USD 350) recibí un buen trato por parte de enfermeras, médicos de turnos y auxiliares, me dieron de alta ocho horas después de haber parido. Tener un parto diferente saltándose protocolos inservibles en el caso de un embarazo sano es completamente plausible, la violencia obstétrica está a la orden del día, que te griten, te amarren, que hablen por celular en tu pre parto o parto, que este lleno de gente, que no te dejen tomar agua, moverte  o comer, ir al baño, que te hagan tactos sin explicarte nada, que te monitoreen cada cinco minutos, que te asusten, que te obliguen a pujar, que no te den una mano, que te pidan silencio, que no te dejen estar con tu compañero o tu mamá o quien tu quieras en el parto, que te hagan una episiotomía, que no te permitan un apego de más de media hora, es larga la lista, muchas mujeres no saben que sufrieron violencia obstétrica, es importante reconocerlo, es la única manera de cambiar el sistema, hoy existe varias organizaciones trabajando el tema, desde la prevención como la reparación, y también hay matrones, matronas, lideres de opinión y docentes y estudiantes trabajando para que esto no ocurra más, para que sea un ítem importante en la formación de las personas que trabajan con personas, para poder ser empáticos. Es muy fácil dejar un recuerdo amargo en una parturienta, yo recuerdo mi parto con infinita alegría y nostalgia.

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El orden de los factores si altera el producto.

Ser mujer hoy, estar entrada en los treinta años y ser madre por primera vez abrió un mar, un mundo, un cielo, e incluso un universo  de nuevos paradigmas y cuestionamientos en cuanto a mi individualidad, el ego, el propio ego, el pasado, mi familia, el futuro, la pareja, mis amigos y amigas, la casa, la casa propia, la sexualidad, la niñez, la fiesta, el trabajo, los campos de acción, mi alimentación, la ley Emilia, la alimentación de las personas, el transporte, la vialidad, la planificación urbana, la señalética, la salud, la educación, la discriminación, el adulto centrismo, el machismo, la idiosincrasia, la cultura, el feminismo, el país, la ley zamudio, la violencia y la desigualdad, entre otras cosas. En fin, mucho de lo que pensaba dejé de pensarlo y he pensado y procesado cosas nuevas que se han hecho parte de mi.

Eso de que la maternidad te hace mejor persona lo había escuchado y lo había leído, pero no podía comprenderlo, me parecía una frase cursi cargada de hipocresía, como esas frases Disney de buena crianza,  sin embargo,  ahora lo entiendo en muchos sentidos incluso en éste, el de estar escribiendo al respecto, en comprender que una y quienes la entornan serán el ejemplo de esa persona que se eligió traer para formar, por ende, y en el mejor de los casos comenzamos a “hacer bien las cosas” o a tener más conciencia del por qué, el cómo y cuándo hacemos lo que hacemos. Comenzamos a comprender que somos madres y padres con ganas de hacer un mundo mejor no solo para nuestros niños y niñas , sino, para todos y todas las que están y las/los que vengan (hermosa utopía).

Volver a hacerse las mismas preguntas que pretéritamente en la adolescencia, escuchando algún compilado noventero en el personal stereo caminando sin rumbo nos hicimos, pero que hoy tienen tan diversas respuestas basadas en nuestra propia memoria, en nuestros aprendizajes, nuestro recorrido.

 Es así como el viaje a la maternidad en nosotras comienza durante nuestra gestación, ya que desde que somos fetos (fetas) traemos con nosotras nuestros ovocitos que nos determinan en cuanto a nuestra fertilidad y luego dependiendo de la cultura en que nos toque nacer es que vamos a ir determinando si queremos o no ser madres, a que edad queremos ser madres o que tipo de madre queremos o podemos ser, la trabajólica, la eco mamá, la mamá dueña de casa, la mamá medieval, moderna o posmoderna o la mamá híbrida que para el caso viene siendo casi lo mismo que la mamá posmoderna.

 Mi historia es bastante común y normal, yo quería ser mamá desde los quince años, pero no solo quería ser mamá, quería ser cantante, estudiar literatura, ser escritora, viajar a Europa y vivir allá, conocer “El mundo”, bailar, probar cosas nuevas y  básicamente vivir un ideal de felicidad como lo había visto en varias películas que mostraban cómo eran las mujeres independientes que lo pasaban bien (pre concepciones del cómo se debe ser mujer independiente) y dentro de ese ser feliz estaba la idea de ser madre, pero no solo de ser madre, sino de formar una familia. Claramente con el tiempo con la edad y el devenir de los años, en una adolescencia tardía (el segundo decenio de la vida),  me di cuenta que no quería tener hijos o hijas aun, que era mejor estudiar, conocer y empaparme de la vida, viajar y disfrutar con la familia, amigos, amigas, parejas y quienes quisieran sumarse en esa linda empresa del goce.

Entonces cuando terminé mi primer pregrado comencé a trabajar, a vivir sola y también a viajar, mis planes de maternidad habían quedado tan postergados que incluso había tomado la decisión de posponerla de manera perpetua, tenía el discurso de la sobre población mundial muy aprendido y buscaba siempre justificaciones aun más profundas para la pregunta “¿Por qué no tener hijos o hijas?” carecían ya de sentido la maternidad, la bi parentalidad y la familia, posturas que no hacen referencia a una etapa del desarrollo, son opciones válidas en cualquier etapa de a vida. Luego casi ad portas de los treinta años, con pareja estable y comenzando un segundo pregrado, empecé a sentir un gran deseo, necesidad, llamado, o no sé como llamarlo bien, pero yo decía: “siento mi útero vacío” así como otra amiga me decía que sentía que le estaba haciendo “snoose” a su reloj biológico al posponer tanto su maternidad en pro de su vida profesional.  Yo quería ser mamá, lo sentí, lo dije, los grite a los cuatro vientos, se convirtió en un tema de conversación con mis amigas, con mi mamá, en los asados, lo hablé con quien era mi pareja y no había ninguna posibilidad, ya que él no estaba dispuesto a ser padre aun, ni tenía planes para el futuro cercano, así fue como llego a mi vida Nerón, mi hermoso canino (objeto libidinal) a quien rescaté del frio y la oscuridad de la noche hostil, Nerón se convirtió en mi perrhijo y efectivamente “calmó” (por un tiempo) mis deseos de maternidad, de cuidar a un mamífero. Al poco tiempo, en el trazo real e imaginario de los caminos de la vida, me separé de esa pareja y tiempo después conocí al padre de mi hijo, cuando nos conocimos hablamos de tener hijos y casarnos y en un vaporoso espacio temporal nos embarazamos y fue ahí que comenzó la increíble (de no creerlo!!!) travesía que ha significado para mi la maternidad, desde la intuición de la fecundación hasta el puerperio, el parto, la locura, la soledad y el todo y lo que falta.

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