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Comenzar a Re Establecerse.

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Hortense da teta a Paul, Paul Cezanne 1872

 

A diez y ocho meses del parto, al año y medio de vida de mi hijo puedo decir que el tiempo pasa tan rápido como lento a la vez.Han pasado ocho meses desde la última vez que escribí, estos ocho meses han sido emocionantes por decir algo que una madre puede entender, a los catorce meses suspendí la lactancia por iniciativa propia, aunque la presión social se hacia cada vez mas presente, y dos meses previo a ese acontecimiento importante tipo hito en una madre primeriza, ingresamos a una guardería (sala cuna) a nuestro/mi hijo.

Sobre ambas decisiones es que quiero referirme en las próximas dos entradas, partiré por el término del amamantamiento.

La lactancia si bien pasado el inicio que fue terrible: mastitis, dolor, incomodidad, pezones rotos, insomnio incesante, chorreos de leche, chorreos de leche y chorreos de leche, puedo relatar que pasado los dos meses de esa adaptación de la cuerpa comencé a sentirme bien, feliz, como si amamantar a mi hijo fuera algo (como se plantea y en el mejor de los casos) natural, dar pechuga como decimos en estas latitudes se convirtió en una conexión espacio tiempo sempiterno, indisoluble, particular y realmente lindo, hoy veo madres amamantando y recuerdo con nostalgia esa sensación de amor y proximidad intima que se tiene con los y las hijas, ese hacer el amor como nunca antes se podría haber planteado sin ser tabú, sin embargo, para mi ese tiempo fue justo y necesario, hoy no tengo culpas ni sentimientos encontrados del tipo  “debí darle más tiempo” o “quizás fue muy abrupto” y si que lo fue.

Estábamos en un almuerzo familiar junto a mi hermano y su hijo cuatro meses menor que el mío y de la nada mi hijo tomo la mamadera de mi sobrino y tomo su leche de formula, a lo que yo al mirarlo le dije: “hijo mío, firmaste el fin de la lactancia” lo tomé en brazos y le di la última pechuga en el entorno familiar, le dije que sería la última y que me lo hiciera fácil. No hay formulas ni recetas para hacer lo que hice, todas mis amigas lo hicieron diferente y tengo algunas que aun amamantan a sus hijos e hijas (cuando escribo “aun”, me refiero a hijos e hijas que siguen tomando la teta sobre los dos años) no hago juicios de valor al respecto porque realmente pienso y defiendo que cada madre sabe hasta donde quiere llegar con la lactancia. La primera noche, porque mi hijo tenia libre demanda día y noche, lloró un poco, pero nada que el chupete y un poco de agua no pudieran calmar, y en la mañana le di leche de formula y se la tomó feliz, siendo justa con los y las lectoras tengo que recordar (Ese es el problema de escribir cuando han pasado varios meses) que sentí algo parecido a la culpa con esa primera mamadera, algo así como: “¿Si aun tengo mucha leche, por qué no seguir dándole algo que le hace tan bien?” luego recordé que me moría de ganas de fumar un cigarrillo y esa especie de culpa se disipó más rápido de lo que se esfumo el humo de mi primer cigarrillo luego de tan importante obra. Es así como la segunda noche solo despertó una vez y luego ya no despertó más buscando su leche materna y las noches de colecho tomaron otro cariz, los cariños, los mimos y arrumacos cambiaron de forma, aparecieron y se acrecentaron, nos comenzamos a comunicar más verbalmente y a mirarnos más, en un nuevo lenguaje, otra comunicación, por lo demás yo empecé a dormir mejor, a estar más descansada y por lo tanto más feliz, con mejor disposición a las personas a mirar más mi entorno, a mi pareja, a escuchar a mis amigos y amigas, mis lecturas volvieron a ser muy provechosas, volví a concentrarme, dejé de dormirme a las ocho de la noche junto a mi hijo y comencé a dormir tres o cuatro horas después que él y a aprovechar esas horitas de “libertad” que me otorgó la caducidad auto impuesta de aquella época llamada lactancia. Vi que mi hijo estaba bien con mi decisión, tranquilo, feliz y yo cada día que pasaba sentía que haber dado teta era hermoso y que había sido respetuosa conmigo, que había escuchado a mi cuerpa, a mis necesidades de mujer, pareja, madre, estudiante y todo eso me hacia sentir tranquila.

Si, como no todo es color de rosa, no se si por cambios hormonales o porque esto afecta psíquicamente, sentí un pequeño duelo o anduve melancólica, triste, pensativa e irritable las dos semanas que le siguieron al cese de la lactancia, mas no pasó a mayores considerando que ahora el descanso era una realidad, la vigilia nunca me resulto “normal” ni logré adecuarme en ningún caso, siempre fue y será un padecimiento en mi.

Es inevitable frente a toda esta situación no preguntarse por el cuerpo, la cuerpa, les cuerpes, los espacios, los terrenos, los territorios y con eso de hacerse pasar por lo que una no es, o cuestionarse si lo que se es, es momentáneo, es determinante o se convierte en un deber ser, en como tu cuerpo perfomea a otro cuerpo, lo organiza, lo huellea*; es difícil no naturalizar los estados, no es fácil hacerse estas preguntas que si bien pueden transformarse en un leitmotiv en tu vida, no está exenta de escollos pronunciados que generan más que un gran tropiezo, sin embargo, es en esas preguntas que comienza ese re establecimiento de ese suelo perdido que puede significar para muchas la maternidad.

*Palabra que inventé para hacer verbo Huella

Los perros/as y las/as humanas/os

Condición humana y condición animal

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Reflexiones dedicadas a todos y todas las perritas guachas que andan en la calle.

 Laika, Lassie, Snoopy,  el recientemente fallecido perro raperro Spike, Argos, Dino, ah no, ese no es un perro, es un dinosaurio con trastorno de personalidad, Milo, Ulk (El perro embalsamado de Alessandri), Hachiko, mi Lulita, mi Nerón y tantos y tantas otras perritas en la historia y las memorias de las personas.

 En mi vida por ahora hay perros, pronto habrán gatos y otros animales que pueda tener en mi arca estacionaria, sin mares, pero no alejada de marejadas intensas, no obstante, este pequeño homenaje a ellos y ellas se hace extensivo a todo el maravilloso reino animal.

 Cuenta Bernardo Subercaseaux que “Sigmund Freud, que algo sabía del intrincado mundo de los seres humanos, el Freud que en una entrevista de 1926 dijo: ¿Qué objeción puede haber en contra los animales?. Y luego, pensando en su perro señaló: Yo prefiero la compañía de los animales que la compañía humana, las emociones del perro, nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez esa sea la razón por la que inconscientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor”  o Nerón, el pirómano héroe extravagante que asesinó a su propia madre (según Wikipedia) Espero que mi propio perro héroe no haga eso conmigo.

 Es de mi interés rendir estos honores escritos a mis perros y a los de otras personas, porque la llegada de un hijo o una hija humano/a posterior a la adopción de una mascota es un apartado importante en la re adaptación de la dinámica familiar, por ejemplo: yo era madre soltera del Nerón Popini, luego llegó Andrés a muestras vidas,  nos emparejamos y adoptó a regañadientes a Nerón, ahí hubo un cambio sustancial en nuestra planificación familiar, ya que, por su parte Andrés vivía solo en un departamento y de pronto tenía compañera e hijo perro, para sumar complejidades, porque de eso se trata la vida. Ya viviendo juntos adoptamos a la Luli, perrita que había sufrido maltrato y abandono, eso ya fue más complicado porque la adaptación de dos perros puede durar meses, en el caso de ellos, solo dos. Ya en el concubinato y el idilio de esta familia hétero normativa e inter especie, decidimos co-crear a nuestro hijo, nunca imaginé que esa adaptación sería la más compleja de todas, absurdo de mi parte, ya que estábamos hablando de otra persona con todo de lo que esta investida una persona.

Es por eso que este somero escrito visibiliza cómo este tipo de familias jóvenes incipientes inter especies intentan adaptarse a los cambios de traer a un hijo humano al mundo y no dejar de abogar y amar con la misma intensidad a estos nobles compañeros/as.

 Cuando viene un hijo o una hija el mayor temor que puede tener un abuelo o una abuela es que el nieto o nieta se enfermen debido a alguna infección traspasada por el perro en cuestión, recuerdo comentarios de mi mamá del tipo: “después te vas a arrepentir” o de mi suegro: ”ahora los perros van a tener que dormir afuera, en el patio”. Mis respuestas variaban dependiendo de cuan hormonal estaba, pero por lo general gritaba: “NO!!”, Pensaba en que yo quería hacer las cosas diferente a lo que había escuchado, no quería dejar de dormir con mis perros, o dejar de quererlos, o que sin más no me importaran tanto, o dejarlos en el patio, o que nunca más se subiesen a la cama y todas esas cosas que implicaran regaloneo hacia ellos. Hoy creo que definitivamente hubiera sido más fácil dejarlos en el patio, pero soy una mujer de corazón frágil y ellos son demasiado parte de mi. La adaptación fue muy difícil, lloré mucho, mis perros desaparecieron el día que llegué con mi hijo Valentín de vuelta de la clínica (desaparecieron adentro de la casa), luego la Luli se apoderó del lugar de la cama de Nerón y no lo dejaba entrar a mi pieza, era como si Nerón hubiera perdido un trono. Que la Luli lo dejara subir a la cama tomó más de un mes, que aprendieran a no ladrar adentro de la pieza es aun proceso de aprendizaje, mi hijo aprendió a dormir con el sobre salto de un ladrido a la misma hora todos los días (a la hora que mi vecina saca a sus perros y los míos reaccionan) Luego muy de a poco comenzaron ambos a acercarse, a oler a Valentín Dionisio, a ser medios guardianes y hasta colechar conmigo y Valentín (siempre bajo mi estricta supervisión).

En mi imaginario cavernario tenia la idealización de la mezcla icónica del niño feral con el niño urbano, una imagen digna de  Edgar Rice Burroughsen, Rómulo y Remo o de Genoveva de Brabante, o de su hijo. Me imaginaba a Valentín sacándole un trozo de zanahoria a la Luli del hocico para llevársela a su boca o durmiendo en cucharita con ambos perros, sin embargo de a poco esa imagen se ha ido diluyendo y solo me interesa que convivamos tranquilos, ya no se si eso va a ocurrir, puede que si o que no, el tiempo dirá.

Todo este nuevo panorama de interacciones entre los perros y mi hijo me fue mostrando que no estaba tan equivocada, que con mucha paciencia, mucha mucha, amor, tiempo y dedicación la adaptación niños-perros puede lograrse con resultados positivos en cortos espacios temporales.

 “A partir de investigaciones sobre las bases neurofisiológicas del aprendizaje motor, los neordarwinistas afirman, complementando a Darwin, que el aprendizaje y cualquier comportamiento nuevo, como los que se dan por ejemplo en los perros domesticados, están siempre inscritos-por innovadores que sean-en un repertorio de conductas innatas, en pautas de comportamiento preexistente. Aprender, explica Julieta Troncoso, significa modificar los circuitos neuronales implicados en un comportamiento determinado. Pero esos circuitos existen previamente a la experiencia del aprendizaje. Eso explicaría que en un perro domesticado que aprendió a ser cariñoso y a jugar con los niños, se produzca de pronto una reversa, y reaparezca en él un instinto agresivo: es lo atávico que subyace en la memoria de la especie” (Subercaseaux, 2014, P.136) No tengo intenciones de hacerle mucho caso a los neodarwinistas, pero me gusta pensar que según ellos, incluso ellos, un perro es cariñoso con un niño porque en sus circuitos neuronales existe previamente la experiencia del cariño, para mi eso es lo mamífero, lo calientito, lo rupestre que nos conecta con otras especies, el compartir la experiencia del nido, el amamantamiento, el recordar, algo que los perros saben hacer bien (imagino que los gatos bien saben de esto también). Y en cuanto a los agresivo como ancestral, considero que eso nos atañe más a nosotros y nosotras en tanto humanas/os. Aun luego de ocho meses no he visto ningún comportamiento agresivo de los perros con Valentín, muy por el contrario, le mueven la cosa con ahínco y frenesí, lo lengüetean y lo buscan para jugar.

 El amor que yo siento especialmente por mi perro Nerón Popini es muy profundo, a mi perrita Luli Love la amo, la cuido y la mimo mucho, pero no es lo mismo, Nerón caló hondo en mi corazón desde el primer momento en que lo vi en mis pies en un bar mientras degustaba un histórico brebaje de las vides destiladas y la famosa bebida imperial en una tibia noche de verano. Nerón ocupa un lugar fundamental en mi vida, en mis quehaceres y mis pensamientos out door, en la traducción literal.

 Mis perros son mi familia, y sus pelos son como sus arrebatos, malas conductas y/o malas caras, algo que no me gusta, pero tengo que lidiar con eso, porque son parte de ellos.

 Cuando estaba preñeque entre que pensaba y mi mamá me decía majaderamente qué iba a pasar cuando llegara mi hijo a este cronotopos con el ítem perros, con el tiempo de los perros, con los paseos de los perros, con los juegos y los pelos, los famosos pelos, no sabía muy bien como íbamos a  salir airosos de eso, ya que los perros tenían un montón de rutinas que pensé que no podían cambiar, sin embargo, cambiaron, pero no tengo dudas en que estamos todos cómodos con esos cambios. Algunos los implementé yo y algunos incluso ellos, como la decisión de la Luli de dormir en el living sola hasta bien entrada la madrugada que es recién cuando busca asilo.

 Mientras estuve embarazada las caminatas con los perros eran muy agradables como siempre, relajantes para ellos y para mi, divertidas y amigables, bañarlos, llevarlos a la veterinaria, darles la comida, la zanahoria que comen todos los días (mis perros son adictos a la zanahoria) tirarles la pelotita, cortarles el pelo, dormir en cucharita e infinitos cariños eran parte de la rutina diaria, hasta el día de mi parto estuve haciendo trabajo de preparto en mi casa acostada con mi pareja y con Nerón calentándome los pies y la Luli apoyada en mi guata hiper móvil. Hoy los perros son parte de la cotidianidad de mi hijo, Nerón y Luli lo confortan, en la mañana Luli nos siente despertar y se sube a la cama y las carcajadas de mi hijo se escuchan en toda la casa, luego llega Nerón que es mas remolón, y a pesar que duerme al lado mío en el suelo en su propia camita, se demora más en hacerse presente, pero sube y Valentín trata de tomarlo y jugar con el, pero vamos despacio y Nerón es un poco mal genio, con la Luli no hay conflictos, la toca, le entierra los deditos en el pelaje, le tira la oreja y la Luli lo mira como enamorada. Cuando tengo que salir y mi mamá se queda con Valentín me cuenta que al despertar de la siesta ver a los perros lo sitúa en la casa y lo tranquiliza y no llora.

 Como nos comenta Bernardo Subercaseaux en su maravillo libro “El mundo de los perros y la literatura”, a principios del siglo XX “Jack London defendió la idea de que los animales no son solo autómatas que actúan por mecanismos reflejos, sino que también hay en ellos emociones, memoria y un razonamiento rudimentario ante situaciones concretas, la visión de que el ser humano es el único animal capaz de razonar es anticuada, homocéntrica e ignora los hechos de la evolución”. Yo no tengo dudas de la nobleza y complejidades afectivas de mis compañeros perros, veo en ellos una tremenda capacidad de amar, de entrega, de consuelo y empatía. Mas allá de que mi hijo seguro que tendrá muy buenas defensas del organismo dado que los perros le pasan la lengua y juegan con él (luego de comer heces de algún gato que pasó por el patio), no tengo dudas de que haber nacido con perros lo harán una mejor persona, amorosa y consiente de su entorno y de las otras especies de la flora y la fauna con las que convive en este mundo. Nunca dudé que se amarían y se amarán mucho. Mi amado hijo humano y mis amados hijos perros coexisten y cohabitan en el mundo y en mi corazón.

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Como documento adjunto dejo una carta que escribí sobre mis perros poco antes que naciera mi hijo.

 En un momento de la vida me vi en una tremenda y terrible encrucijada, estaba recién separada de mi pareja de ese entonces y tenía que dejar el departamento que compartíamos, estaba sin trabajo, sin ahorros y con mi amigo compañero y amor perro a cuestas. Pensé en la desesperación en buscarle un hogar donde lo amaran como yo, donde fuera prioridad, durmiera en la camita, le soportaran los ladridos agudos y constantes de perrito ansioso que había sufrido varios abandonos previos (es un perrito rescatado de la calle que había tenido además varias familias que lo dejaban), donde le dieran las zanahorias peladas como le gustan, le compraran huesos de cartílago, y le dieran a veces esa comidita húmeda mezclada con sus pellet y que a fin de mes le llegara una pechuga de pollo si es que había estado bueno el fin de mes, dónde podría él haber encontrado eso, en muchos lugares quizás, pero no era yo la que podría brindárselo.
 Mis amigas y amigos me decían que era una buena decisión “deshacerme” de mi perro en ese difícil momento de mi vida, mi mamá no solo me apoyaba, me lo pedía. En el proceso de encontrarle un hogar empecé a sentirme muy mal, con mucha angustia, me di cuenta que si tenía que terminar debajo del puente con mi compañero perro, con mi Nerón, pues así tenía que ser, fueron pasando las semanas y algunos amigos y amigas (Pablo, Agni, Max) me ayudaron con tenerlo en sus casas, quererlo, cuidarlo y soportarlo hasta que encontré una casa donde no había problemas para arrendar con mi compañero perro hijo.
 Dos años después de todo eso, estaba mirando la vida de mis contactos de Facebook, donde además estoy metida en varias paginas de protección a animales y me encuentro con la historia de Luli; Luli tenia dos años, había pasado su primer año de vida aguachada en una construcción, ahí había pasado frío todo un invierno y había tenido a sus crías (Nadie sabe que paso con esos cachorros) hasta que la recogió una muchacha joven que vio en sus ojos lo que yo vi después, ella (no me acuerdo de su nombre en este momento) la esterilizó y trató de quedársela, pero vivía con su mamá en un edificio que no aceptaban mascotas y estaban con demoras en la obtención de su subsidio habitacional, en fin, no podía tener a la Luli, la entregó a dos familias antes que a mi, pero la devolvieron porque ladraba mucho (los perros y las perras ladran y ladran más cuando no les dan atención, es su manera de comunicarse) La publicación decía que ya no tenia opción y que debía volver a la calle; ella, la mezticita pequeña que ya había pasado por una construcción, por un invierno en la calle, por ver desaparecer a sus cachorros, por pasar por lo que pasó, que tristeza.
 Yo ya sabia de mis dos meses de embarazo, por eso hablé con la muchacha que la tenía y le pedí que la trajera a mi casa, que yo podría ser hogar temporal de ella. Han pasado 6 meses desde que la Luli llego a mi vida, a la vida de Nerón, a la vida de mi hijo en gestación y no menor además todos llegamos a la vida de mi pareja y estamos felices los cinco. En este proceso en que todos y todas nos adoptamos, hemos descubierto el poder sanador del alma y la entrega absoluta del amor canino. Luli y Nerón han sido de las mejores decisiones que he tomado en la vida, estoy ansiosa de que Valentín y ustedes se conozcan, estoy segura que se amaran mucho.

 

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Porteo: cangurismo desde el inicio de los tiempos hasta hoy.

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Nigeria 1935

No tengo claro cuando conocí el porteo, no fue algo que me sorprendiera o quizás fue algo que me hizo tanto sentido que lo integré de inmediato. Me acuerdo que una vez fui al supermercado, yo estaba comprando algún trago y me encontré con mi amigo Diego que estaba porteando a su hija Jacinta, ella era muy pequeñita, tenía como un mes y se veía muy segura y muy tranquila en ese espacio, en ese lugar de resguardo que es el cuerpo protector de padres, madres y/o cuidadores/as. Años más adelante y con la llegada del “baby boom” entre mis pares, mi Facebook se lleno de fotografías de madres y padres porteando a sus hijos, super bien.

Cuando estaba embarazada fui a una feria Ecomamá* con mi amiga Pancha, ella iba porteando a su hija Sayén Killari, y ese día compré mi fular (Fulares KUMELEN**) un fular verde que no tardé en lavar para que estuviera listo para cuando llegara mi Valentín Dionisio, mi pareja, mi madre y mi familia no entendían mucho de qué se trataba, la verdad es que yo tampoco,  o sea, no tenía un cuento o un discurso armado con respecto al fular, solo me parecía que si lo hacían desde siempre las bolivianas estaba bien.

Carlos González, el pediatra español famoso tiene un atractivo relato referente a las guaguas y su historial de porteo.

“hace 100.000 años, en algún lugar de África. Un grupo de seres humanos se desplaza lentamente por la pradera. Tal vez adoptan una formación casi militar, como lo hacen lo babuinos: Las mujeres y los niños van en el centro; los varones las rodean, algunos armados con palos. Algunas de las mujeres están embarazadas, otras llevan en brazos a sus bebés, la tribu entera reduce su marcha para adaptarla a la de sus miembros más lentos. Se detienen aquí y allá para alcanzar unas frutas, abarcar unas raíces o degustar unas nutritivas hormigas. Con suerte, su inteligencia, su coordinación y su habilidad para lanzar piedras les permitirán cazar algún pequeño animal o disputar la carroña a las hienas.

¿Dónde están los bebés? ¿Los dejaron en su casa, en una cuna, al cuidado de una canguro, mientras iban a trabajar? Seguro que no. No había casas, no había cunas, la tribu se desplazaba unida.

Los monitos recién nacidos se agarran al pelo de su madre con pies y manos, y al pezón con la boca,  y así viajan de árbol en árbol, seguros con sus sólidos cinco puntos de anclaje. Los chimpancés y los gorilas se nos parecen tanto que el recién nacido no es capaz de agarrarse a la madre; ella tiene que sujetarle con un brazo para que no se caiga. Pero solo durante las primeras dos o tres semanas; después es la cría la que se agarra sola. ¿A qué edad, se atrevería usted a llevar a su hijo colgado, sin pañoletas ni mochilas, sin sujetarlo con una mano, y saltando de árbol en árbol? No hay ningún otro animal sobre la faz de la tierra que necesite más de un año simplemente para agarrarse a su madre.

Cuando no existían telas ni cuerdas, ni mucho menos cochecitos, las madres llevaban a sus hijos en brazos todo el día, la mayoría de las veces sujetándolo con el izquierdo mientras el derecho quedaba libre para comer (o al revés, si la madre era zurda). Probablemente mamaban en chupadas cortas y muy frecuentes, como los bosquimanos actuales, y varias veces por hora (la succión tan intensa inhibe la ovulación, y la mayoría de las madres solo tenía un hijo cada tres o cuatro años…, a menos que el bebe muriera antes). En los momentos de descanso, la madre se sentaba con el bebe en su regazo, o se echaba en el suelo con el bebe encima. A medida que iba creciendo, la cría necesitaba menos a su madre y también pesaba más; probablemente la abuela, el padre o los hermanos mayores ayudaban a la madre en el transporte. Es casi seguro que los bebés estaban cada minuto las 24 horas del día en contacto físico con otra persona, casi siempre con su madre, hasta que empezaban a gatear. Y hasta varios años después estaban en contacto físico, si no las 24 horas, si al menos una buena parte del tiempo. Incluso niños de tres o cuatro años, que pueden andar durante un buen rato, tendrían que ir en brazos si la tribu se desplazaba varios kilómetros.

Así pues, durante millones de años la evolución natural ha favorecido a aquellos niños que disfrutan yendo en brazos, pero se enfadan si se les deja solos. Era una cuestión de supervivencia”. (González, 2012, P.68-70)

 Durante todo mi embarazo y puerperio me conecté con lo más mamífero y cavernario, y esto del porteo me parecía un conducto regular a seguir, gestación exógena también le llaman, como mi hijo nació en invierno, fue muy fácil portearlo muchas horas al día porque no nos daba calor y él pesaba lo mismo que en la guata (panza-barriga), así que no era tanta la diferencia, por lo demás me permitía sortear con magnifica eficiencia las artes del retrete y las naturales e involuntarias intervenciones escatológicas del organismo.

Salir a la calle, pasear con mis compañeros perros y tener las manos, los brazos libres me hacia sentir más autónoma dentro de toda esta sensación de pérdida de autonomía que trajo consigo el puerperio, me hacía sentir mejor mamá, una mamá cariñosa, podía sentir el cuerpo, la respiración y los latidos de mi hijo, saber cuando tenia hambre, conocer sus ruiditos de muñeco de madera (las guaguas crujen) estar en contacto. Por otro lado podía cocinar, barrer, lavarme los dientes y peinarme, ir a comprar el pan y caminar, sobre todo caminar, es una deliciosa sensación marsupial.  Hasta hoy (mi hijo tiene 8 meses) porteo a mi hijo y me imagino que lo voy a seguir porteando mucho más, hasta que me aguante la espalda.

El ítem que puede ser divertido, solo porque se recuerda a la distancia, como en todo lo que respecta a la maternidad, son los comentarios de familiares y personas desconocidas; “ese niño se esta ahogando ahí”, “ese niño va mal”, “eso le debe hacer pésimo”, “qué estás haciendo con ese niño” (con tono escandalizado).Así fue entonces como la suegra de mi papá le pegó un charchaso a mi guagua recién nacida porque pensó que estaba porteando a mi perro Nerón, una señora de edad avanzada me pidió que llegara hasta ella para preguntarme: “¿Qué llevas ahí?” a lo que respondí: ”A mi hijo”, a lo que arremetió: “¿Él está bien ahí?” a lo que contesté:” No señora, esta mal…” pobre señora, ella claramente no sabía que era la quincuagésima mujer/hombre que me preguntaba lo mismo, y que agradezca que no fue a ella a la que le respondí: “ No señora mi hijo esta pésimo, murió hace dos meses y lo llevo porque me volví loca y no puedo superarlo”. Incluso personas me preguntaron si mi hijo era real, a esa pregunta no supe que responder, pensé en lo simbólico en lo que significamos, lo imaginario y me fui en tan gran volada que cuando caí en cuenta de que la pregunta era más concreta, esa persona ya se había ido.

 

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El porteo es milenario y se practica en todas las culturas, los niños y niñas (puestos de manera correcta) no se ahogan, ni les hace mal, muy por el contrario, el contacto con la madre o cuidador/ra los hace dormir mucho mejor, evita el reflujo y los cólicos, evita la displasia de caderas, y esta lleno de tutoriales en you tube para aprender a usarlos y la postura adecuada para cada etapa del desarrollo del niño o niña, yo dejé de usar el fular y ya uso hace un mes la mochila de porteo (no se recomienda si la guagua aun no afirma la cabeza sola), es más rápida de poner, la uso yo y mi pareja, a los dos nos gusta mucho, el fular es maravilloso, pero mi compañero humano se enredaba con los nudos. Me hubiera encantado haber sido porteada, que lástima que las practicas de los pueblos originarios hayan estado, estén,  tan subyugadas hace tanto tiempo, esa invisibilización nos mal configura.

* Las ferias Ecomamá se hacen en el cine arte alameda de vez en cuando, hay una página de Facebook, https://www.facebook.com/feriaecomama/?fref=ts , de donde se puede obtener información, es un buen lugar para abastecerse de regalos para amigas/amigos y para una, collares y pulseras de ámbar, mordedores, copita menstrual, toallas higiénicas de género, ropa tejida a mano, poleras de lactancia, contenedores de lactancia de género, fulares, mochilas, clases de porteo, comidas ricas, cremas y aceites naturales, baberos, zapatos ergonómicos.

**Fulares Kumelen, la mujer que los hace y vende no es amiga mía, pero respeto y apoyo su emprendimiento y ya le he comprado varios para regalar, tiene variedad de colores, diseños y géneros, hace entregas en algún Metro y también va a ferias https://www.facebook.com/Fular-Portabeb%C3%A9s-Kumelen-337824459738043/?fref=ts, ella se llama Jacqueline Quintanilla +56 9 93198888

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A PROPÓSITO DEL PORTEO, EXPERIENCIA EN BIODANZA

En mi barrio hay un almacén al que voy casi todos los días, un día de febrero caminando de vuelta de comprar pan vi un letrero, un afiche que decía “Bio-danza con porteo” o algo así (ya no recuerdo bien) en barrio Bellavista, en el afiche aparecía un Facebook, me metí y hablé por primera vez con BIODANZA PRE Y POST NATAL “Gestar y Portear en Ronda”, me puse contenta porque había un cupo para mi y mi cachorro y además quedaba a una cuadra y media de mi casa. Pensé que hace tiempo estaba buscando alguna actividad para hacer con mi hijo, pero más había pensado en yoga o salir a correr con el cochecito (mentira nunca he corrido ni para alcanzar la micro).

Cuando llegó el día de asistir a la Bio-danza  me acorde de la vez que había ido hace años sola a una “sesión” y que al principio no había sido muy cómodo, que me sentía como pollo en corral ajeno, o esa vez que fui a la finalización del taller donde mi amiga aprendió a ser facilitadora de danza terapia y terminé revolcándome por el suelo con gente desconocida, con esos recuerdos y pensamientos iba caminando con mi cachorrito más seria que perro en bote cuando llegué AL LUGAR, esperé unos minutos con algunas mamás y sus hijos e hijas (un grupo de 5 madres y 5 hijos e hijas) en ese momento las observé y sentí que estábamos todas en las mismas, no me encontré con un grupo de eco madres hippies como en el prejuicio había imaginado, mientras subíamos las escaleras estaba expectante, quería ya empezar, como buena bruja había sentido buena onda con todas las mamás que estaban ahí (espero que ellas hayan sentido lo mismo) así que estaba más que dispuesta, esperando que no tuviera/mos que interactuar tanto con otras personas, sin tanto “toqueteo” pero estaba equivocada, la interacción fue mucha y lo agradezco profundamente, ya que en la soledad (auto impuesta o no) que trae consigo el puerperio el tacto con otras personas puede desaparecer y se hace realmente necesario.

Nos presentamos, presentamos a nuestros hijos e hijas e iniciamos con respiraciones, todo esto porteando a nuestros hijos e hijas, caminamos, soltamos el cuerpo y la mente, nos entregamos a ese espacio único e irrepetible en el tiempo donde el cometido primordial era abrirse, entregarse a la experiencia y sentir, conectarse con una misma y con la otra madre de al lado, de al frente y del otro lado, verse reflejada y ser el espejo de esa otra mujer aprendiendo a conocerse en esta nueva faceta y aprendiendo a conocer a esa persona que se eligió traer a este mundo. Al finalizar la serie de ejercicios y movimientos conversamos, hicimos tribu, esa tribu nueva que hacemos las que somos madres, ese espacio lleno de interrupciones con la concentración multidireccionada con la que aprendemos a vivir, hablamos de lo que nos pasó y de lo que nos pasa, fuimos todas respetuosas con la otra, con sus apreciaciones, sentimientos y opiniones, yo me sentí afortunada de ser mujer, de tener esos espacios, de poder tener intimidad con otras mujeres que venia recién conociendo y que fuera natural en ese espacio, de tener un espacio para conectarme con mi hijo sin estar pensado en las banalidades de la cotidianidad. Yo seguí asistiendo a Bio danza con porteo y buscaría ese mismo espacio u otro de las mismas características para hacer que mi hijo desde guagua tenga ese tipo de espacios integrados en su ser.

Gracias Julie por tu experticia y tu buena onda.

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